Para escribir necesito un cuarto propio y un país ajeno

Vine a Buenos Aires no porque tuviera un deseo particular con respecto al país propiamente dicho sino porque buscaba un lugar tranquilo para escribir. No tenía grandes expectativas con la ciudad, y sabía muy poco de su cultura o su política. Eran cosas que no consideraba demasiado importantes. Podría haber elegido como ciudad Madrid, Hong Kong o Venecia. Acababa de terminar la universidad y lo único que quería era irme a algún lugar lo suficientemente lejano como para poder escribir historias sin todas las distracciones de mi vida. Me recibí de licenciada en literatura en 2007 en una universidad de una ciudad pequeñita en el norte, Estado de Nueva York, salida de una pintura de Norman Rockwell. De ésas que tienen restaurantes anticuados, camareras maternales, que te llaman “corazón” y te llenan la taza de café una y otra vez. La gente era muy amable; las calles, muy limpias y los parques estaban llenos de patitos, pero por alguna razón, no quería quedarme ahí. Me resultaba un lugar pintoresco, demasiado agradable para producir narrativa verdaderamente buena. Me sentía ahogada por toda esa serenidad. Imaginaba caminando días enteros por esas callecitas encantadoras con un cono de helado en la mano, descuidando el libro que se suponía debía estar escribiendo. Pensé que debía irme de los Estados Unidos para tener un trabajo con horario reducido, y escribir. La mayoría de mis pares emigró a Brooklyn, en Nueva York, nueva Meca de los Jóvenes con Inclinaciones Artísticas. Barrios de Williamsburg y Bushwick se habían llenado de graduados recientes, artistas, fotógrafos, críticos gastronómicos, novelistas esperanzados. Les quedaba, no obstante, poco tiempo para desarrollar su arte teniendo que trabajar con horario completo para pagar escandalosos alquileres. Yo tenía muchos amigos escritores que no escribían y amigos artistas que no hacían arte. Trabajaban, en cambio, como mozos, atendían bares. Yo me preguntaba a mí misma para qué todo eso. En la universidad, mis profesores me habían estimulado lo suficiente como para hacerme creer que podía ser escritora. Tenía veintidós años y la idea de una vida predecible me deprimía. Estaba convencida que sólo quien se iba lejos podía encontrar el solaz indispensable para escribir bien. Varios otros estaban haciendo lo mismo, se mudaban a países extranjeros para cumplir vagas fantasías. Una pareja que conocía se fue a Berlín en pos del mito de una ciudad de artistas. Otra se trasladó a París porque él había leído París es una fiesta, y quería vivir como Hemingway y Fitzgerald. Una vecina se fue a Nueva Zelanda porque había oído decir que se podía comprar un auto por 400 dólares. Nuestras razones eran abstractas, un mito literario o un auto barato o la promesa de arte nuevo. Mi objetivo se podía alcanzar en cualquier parte. Después de 22 años en Estados Unidos, estaba harta del mismo ruido. Todas las conversaciones me parecían conocidas. Ansiaba alienarme y perderme en una multitud de caras desconocidas. Sabía que el país que eligiera tendría su propio ruido, pero al menos sería en otro idioma. Los problemas sociales y políticos no me afectarían. Creía que podía cerrarme al mundo y escribir en paz (…..)

Link: http://www.clarin.com/sociedad/escribir-necesito-cuarto-propio-ajeno_0_770323133.html

Acerca de ignaciocovelo
Consultor Internacional

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