Lugo en su laberinto

En un proceso extrañamente rápido, que por su celeridad ha sido objeto de censura y crítica por parte de algunos Gobiernos de América Latina, el presidente Lugo fue destituido por decisión de una inmensa mayoría de integrantes del Congreso de Paraguay. No conozco si la excepcional rapidez esté prevista en la legislación paraguaya para casos como este, o si constituyó una forma de precipitar los acontecimientos con inobservancia de un debido proceso constitucional con el fin de privar al destituido presidente de una correcta defensa; el hecho es que Lugo fue sacado del poder, en este momento está en su casa, como cualquier ciudadano común. El motivo argumentado fue el mal desempeño de sus funciones. Se lo acusa, además, de haber propiciado la muerte de 17 campesinos que pretendían invadir tierras ajenas. Lo curioso del caso radica en la forma en que ha evolucionado la actitud de Lugo en las 24 horas siguientes a su destitución. Tan pronto ésta se produjo tuvo una actitud digna y respetable; impugnó la legalidad de su destitución, pero declaró de inmediato que no iba a tomar ninguna decisión que pudiera acarrear derramamiento de sangre al propiciar el enfrentamiento entre adversarios. Sin embargo, al día siguiente estaba convocando un gabinete como si se encontrara en ejercicio del poder y pidiendo el abandono del cargo al presidente entrante, impugnando su legitimidad. ¿Por qué este viraje que lo sitúa en posición de beligerancia abiertamente opuesta a su posición inicial? Es fácil presumir que, apenas conocieron su primera posición, tomaron contacto con él sus colegas jefes de Estado afines ideológicos, que no quieren perder una ficha de la izquierda en el tablero de la política latinoamericana. Ellos, seguramente, lo indujeron a retractarse de su primera actitud, adoptar una posición de enfrentamiento para crear conciencia en el concierto sudamericano de que se produjo un golpe de Estado parlamentario, y tratar de convertir al obispo en otro Zelaya, que una vez destituido buscó apoyo en toda América, aunque al final, no logró nada. En esta ocasión no importó a los colegas que su posición intervencionista fuera abiertamente contrastante con aquella que han sostenido en caso de Libia y Siria en que con tanta pujanza han defendido el principio de la no intervención. Si lo que ocurrió en Asunción fue un golpe de Estado se verá con claridad en la medida en que se conozca con detalle cómo se desenvolvió el proceso. Por lo pronto, ya hay una respetable voz, la de Julio María Sanguinetti, ex presidente de Uruguay, quien, categóricamente ha negado la existencia de un golpe, y ha defendido la legalidad de la decisión. Mientras tanto, Lugo, con su voluble actitud, se introdujo en su propio laberinto. Los próximos días nos dirán si acepta hacerse a un lado, o decide seguir el camino de Zelaya, peregrinando por América, tocando puertas y buscando un apoyo, que siempre resulta tan esquivo como el vaivén de intereses. (Enrique Valle Andrade – Diario Hoy – 27/06/2012) 

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Consultor Internacional

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