El hombre de la rosa

La regla se cumple. Nadie escapa a la crisis. No hay hiperpresidente que valga. De poco sirve la agitación permanente. Todavía menos un carácter dominador y despreciativo, capaz de devorar en unos meses todo el capital político acumulado durante una entera carrera política. Ese hombre que hizo su ascensión según los mejores cánones del maquiavelismo político se ha encontrado incapaz de seguir los consejos del florentino en cuanto se ha encontrado encumbrado y ensalzado como el hombre más poderoso de Francia. Así ha sido como ha sembrado la desconfianza entre los suyos, ha dividido su campo y en el último momento no ha tenido otro remedio que meterse de lleno en el ortigal de la extrema derecha para intentar salvar los muebles. (Fuente: Lluís Bassets – El Pais.com – 06/05/2012)

Perdió esta campaña cuando apenas llevaba unos meses en el Elíseo y todos descubrieron bajo los focos del poder soberano todo el trasfondo del personaje. Se vio perfectamente en el debate electoral: no es capaz de dar ni un solo argumento sin ensalzar sus propias virtudes y a la vez humillar a su adversario. Al final el ciudadano deduce que lo que defiende no es un programa, menos todavía una idea. Se defiende a sí mismo, su ego inmenso, su narcisismo fuera de toda medida. Esta ha sido su arma secreta y temible durante toda su carrera política y este ha sido también el instrumento de su perdición y caída. Dos razones iniciales, por los tanto: la crisis y el carácter, ambos elementos de una enorme capacidad destructiva para cualquiera, pero sobre todo para un poderoso. De nada han servido la inercia presidencial, el control de la agenda política que proporciona la mayoría y la capacidad de maniobra que da un poder tan concentrado como es de la presidencia de Francia, donde el titular es un monarca electo ante el que se pliegan ricos y poderosos. Solo otro presidente, Valéry Giscard d’Estaing, naufragó antes que Sarkozy en su segunda elección en 1981. Hay muchos puntos en común entre ambas campañas, entre ambas derrotas e incluso entre los caracteres de los dos perdedores. La división de la derecha, con guiño implícito a votar a la izquierda, se ha producido en ambas ocasiones: Jacques Chirac lo hizo de forma discreta en 1981 y François Bayrou con mayor escándalo en 2012. “Si se quiere cambiar de política, hay que cambiar de presidente o hace falta que el presidente haga el esfuerzo de cambiar él mismo”, dijo Chirac de Giscard en lo meses previos a las elecciones. Valía ahora para Sarkozy, que en su caso no tan solo no ha cambiado sino que ha acentuado los peores rasgos de su carácter y trazos más extremistas de su política. El paralelismo con Giscard ha actuado en Sarkozy como el abismo que atrae al suicida. Ha reivindicado una Francia fuerte, expresión que fue utilizada por Giscard en 1981, y se ha pegado al argumento de la experiencia en las difíciles circunstancias de la crisis como el principal atractivo de su candidatura, sin que le hiciera muy buena compañía su mediocre balance. No es algo que haya sucedido en los últimos días de campaña, cuando incluso ha aparecido una acusación morbosa que les acerca: Giscard se encontró con el embarazoso caso de los diamantes de Bokassa, regalados por el monstruoso déspota centroafricano, mientras que Sarkozy se ha tenido que enfrentar con la financiación de su campaña de 2007 con dinero de Gadafi.

Hace ya un año, Hollande señaló a Le Monde , que estaba realmente sorprendido por “la analogía entre el final del giscardismo y del sarkozismo”. Según el nuevo presidente francés, ambos esgrimieron ruptura con el pasado, rompieron los códigos presidenciales y practicaron una apertura hacia otras fuerzas, pero también ambos “fueron desestabilizados por la crisis y han conocido una deriva monárquica con un entorno que ha terminado destruyéndoles desde dentro, pues la victoria no se construye a partir de una descomposición”. Si Sarkozy ha imitado a Giscard, Hollande lo ha hecho con Mitterrand, que fue quien cayó ante él en 1974 pero le venció en 1981. Esta es otra de las claves de la elección. En un momento de crisis y desconcierto, el vencedor ha echado mano de una imagen que da seguridad. La V República son dos hombres. Los mismos que se enfrentaron en los años fundacionales: de un lado, De Gaulle: del otro, Mitterrand. Para convencer a los franceses hay que ser uno u otro, o mejor todavía, uno y otro. Esto es lo que ha intentado y en buena medida conseguido Hollande, aunque con un ingrediente de reserva y discreción, al estilo de Mariano Rajoy, ante un rival que se ha peleado consigo mismo hasta la autocombustión. Mitterrand fue el hombre de la rosa: “Un hombre, con una rosa en la mano, ha abierto el camino hacia un mañana distinto”, le cantaba Barbara. Hollande no significa ilusión de cambio alguno, aunque sí el relato de una sociedad que no se resigna, ante el relato del miedo de Sarkozy. Su rosa está llena de espinas, pero alguna esperanza significa.

Acerca de ignaciocovelo
Consultor Internacional

One Response to El hombre de la rosa

  1. El triunfo de François Hollande en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Francia abre las esperanzas del regreso de la socialdemocracia a otros países. De haber estado gobernando en once de los quince estados miembros de la UE a principios del presente siglo, hoy solamente tienen las riendas en cinco (de veintisiete). Se estaban preparando para una larga travesía del desierto, pero el resbalón de Nicolas Sarkozy ha catapultado a la izquierda tradicional a encarar la responsabilidad de proponer innovadoras políticas. Hollande les abrió la puerta al oponerse a las medidas de austeridad decretadas por la UE. Ahora la agenda es una combinación de prudencia en el gasto y política de crecimiento, mediante la inversión pública y el apuntalamiento del estado de bienestar, amenazado de muerte. La derrota de Sarkozy debilita también la posición hegemónica de Angela Merkel en una Alemania que debe decidir entre liderar férreamente Europa (traducción: insistir en la austeridad) o plegarse a las voces en contra (contemporizar con la crisis). En caso de que sus huestes democristianas pierdan el poder en elecciones en más lander, después del resbalón en Schleswig-Holstein, estos deslices pueden generar un efecto dominó en el resto de la federación. El descenso de la utilidad del partido liberal, necesario apoyo en la coalición gobernante, sería la gota que colmaría el vaso antes de las nuevas elecciones. Pero en ese guión un tanto rosáceo para los socialistas se entrometen algunas dificultades presentadas por acontecimientos electorales simultáneos a la carrera hacia el Elíseo, desde donde Sarkozy ha sido elegantemente defenestrado. En primer lugar, no se sabe bien cómo se comportará el partido socialista alemán y cómo podría estar arropado por otras formaciones afines en otros países. Algunos de ellos (España, Portugal, los laboristas en el Reino Unido, especialmente) mayoritariamente todavía están noqueados por las derrotas sufridas en los años recientes. El debate interno de la socialdemocracia, tanto en la evolución interna en el continente, como en el agotamiento por la llamada “tercera vía” del Partido Laborista, ya irreconocible bajo el mando de Tony Blair, no ha producido hasta hoy una agenda creíble. En segundo lugar, si los comicios franceses deben ser correctamente interpretados como de gran alcance europeo, entonces habrá que descifrar y analizar a fondo dos ejercicios del este domingo de grandes consecuencias. Por un lado, hay que prestar atención al caso griego, también de elecciones parlamentarias. Por otro, conviene echar una mirada a los comicios en países que están llamando a las puertas de la Unión Europea, a la que el grueso del continente desprecia y señala como origen de los males actuales. En la antigua Yugoslavia, la UE se juega su penúltima carta de la difusión de sus valores y ventajas (…..)

    http://blogs.elpais.com/atlantis/2012/05/cambio-de-rumbo-en-europa.html

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