Países de América Latina y el Caribe buscan consenso regional frente al desarrollo sostenible

Autoridades y representantes de 28 países de América Latina y el Caribe, expertos internacionales y miembros de la sociedad civil, comenzaron ayer en la sede de la CEPAL en Santiago, Chile, los debates para acordar una posición común de cara a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible (Río+20), que se realizará en Río de Janeiro, Brasil, en junio de 2012. (Fuente: CEPAL – 08/09/2011)

La Reunión Regional Preparatoria para América Latina y el Caribe de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible, Río+20, que se extenderá hasta el viernes 9 de septiembre, fue inaugurada por Alicia Bárcena, Secretaria Ejecutiva de la CEPAL, junto a autoridades de los gobiernos de Brasil, sede de la conferencia global, y Chile, sede de este encuentro regional, y funcionarios de alto nivel de organismos del sistema de las Naciones Unidas que trabajan temas de desarrollo y medio ambiente, en presencia de altos representantes de todos los países de América Latina y el Caribe. Participaron en la apertura representantes de grupos principales de la región, entre ellos mujeres, trabajadores, campesinos, indígenas, empresarios, jóvenes y ONGs, con propuestas concretas.

Los delegados asistentes examinarán los avances alcanzados y las brechas que persisten en la región en materia de cumplimiento de los diversos compromisos de desarrollo sostenible suscritos a nivel mundial y formularán propuestas de cara a la Cumbre Global. “Esta reunión nos ofrece la posibilidad de plantear una agenda de desarrollo desde el Sur, que tenga su base conceptual en la sostenibilidad, y que coloque en el centro a la igualdad social. Una agenda más equilibrada, que incluya los intereses de los países desarrollados, pero sobre todo de los países en desarrollo”, dijo Alicia Bárcena. “Esta agenda debe respetar este multilateralismo real y efectivo para garantizar los bienes públicos globales como la paz, la estabilidad financiera, la protección frente pandemias y la seguridad climática, en el marco del principio de las responsabilidades comunes pero diferenciadas”, añadió. Agregó que la conjunción de la crisis financiera con la alimentaria y climática, con graves efectos para los más vulnerables, plantea además dilemas éticos y hacen pensar que sus efectos serán de carácter estructural. “De manera inequívoca podemos afirmar que esta no es una época de cambios, sino un cambio de época. Vivimos momentos de enorme incertidumbre y confusión”. Fernando Schmidt, Subsecretario de Relaciones Exteriores de Chile, indicó que “en la actual coyuntura internacional, esta es la ocasión para que la región reafirme su compromiso con el multilateralismo y afiance su papel como puente entre el mundo en desarrollo y el mundo desarrollado”. Por su parte, Luiz Alberto Figueiredo, Subsecretario General de Medio Ambiente, Energía, Ciencia y Tecnología del Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil, declaró que la Conferencia Río+20 no sólo analizará el progreso realizado desde 1992, sino que también pondrá su mirada en los años posteriores a 2012. “En Río tendremos una ocasión única para mirar al futuro y definir cuál es la visión colectiva que queremos como región para el desarrollo de nuestros pueblos”.

En la primera jornada de la reunión se presentó el documento interagencial “La sostenibilidad del desarrollo a 20 años de la Cumbre para la Tierra: avances, brechas y lineamientos estratégicos para ALC”, elaborado con aportes de 19 organismos, agencias y programas de las Naciones Unidas, y coordinado por la CEPAL. Este informe hace un diagnóstico de la situación regional y propone lineamientos estratégicos para que los países latinoamericanos y caribeños puedan transitar hacia el desarrollo sostenible. El estudio señala que si bien se han alcanzado grandes progresos desde la Cumbre para la Tierra de 1992, aún no se logra un cambio en el modelo que permita avanzar simultáneamente en las dimensiones social, económica y ambiental del desarrollo. En los últimos 20 años se constata en los países de la región una reducción de las personas en situación de pobreza y una disminución de la desigualdad en la distribución del ingreso, así como un aumento del índice de desarrollo humano (IDH), de la superficie de áreas protegidas y el éxito en la eliminación del consumo de sustancias que agotan la capa de ozono. Sin embargo, muchas de las mejoras son tímidas o relativas: los niveles de pobreza e indigencia de la región se mantienen elevados (180 millones de personas en 2010) y no se ha cerrado la brecha con los países desarrollados. Aún hay más de 100 millones de habitantes que viven en tugurios y muchos siguen careciendo de acceso a servicios básicos y a una adecuada atención de salud.

Entre 1990 y 2006 se registró una reducción del número de personas que sufren hambre, pero ésta se detuvo con la crisis alimentaria de 2007-2008 y la crisis económica de 2008-2009, y hasta ahora no se ha recuperado. Por otro lado, en América Latina y el Caribe la intensidad energética ha bajado muy lentamente en relación con otras regiones y si bien entre 1990 y 2009 la proporción de áreas marinas y terrestres protegidas en la región se duplicó -lo que denota un compromiso creciente con la conservación de la biodiversidad- ésta sigue seriamente amenazada por las actividades humanas en todos los niveles. El estudio agrega que el cambio climático representa un nuevo reto al desarrollo de la región. Excluidas las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) provenientes del cambio de uso de suelo, la región aporta solamente 8% de las emisiones globales. Sin embargo, los impactos esperados a partir de 2050 son significativos sobre la agricultura, como efectos asociados a eventos meteorológicos extremos, con fuertes repercusiones socioeconómicas, especialmente en Centroamérica y el Caribe. Entre los lineamientos estratégicos, el documento señala la necesidad de alinear las políticas de protección social, de disminución de riesgos a la seguridad humana y de aumento de la calidad de vida con actividades económicas de menor impacto ambiental; hacer más visibles los costos ambientales y sociales de las decisiones económicas; desarrollar políticas sobre la base de un proceso más participativo y mejor informado; y fortalecer la educación, la ciencia y la tecnología a fin de construir capital humano para la sostenibilidad. Finalmente indica que la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible (Río+20) representa una oportunidad de reflexión para que los países de la región tomen medidas y logren acuerdos para avanzar hacia un modelo de desarrollo que asegure las necesidades del presente sin comprometer los recursos y posibilidades de las futuras generaciones. Asimismo, insta a los países desarrollados y en desarrollo a fomentar el trabajo mancomunado, en el marco de una efectiva alianza global (Rio 2012), con miras a lograr avances sustantivos hacia la sostenibilidad del desarrollo.

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OEA: Cumbre de Cartagena puede abrir la década de América Latina

La Cumbre de las Américas Cartagena 2012 podría ser la oportunidad para la región de abrir su verdadera década de prosperidad, estimó este miércoles el secretario general de la Organización de Estados Americanos, José Miguel Insulza. La Cumbre será una nueva última oportunidad de rediseñar las relaciones entre la región y el gobierno estadounidense, en vísperas de una muy dura batalla electoral para el presidente Barack Obama, estimaron por su parte ex cancilleres y expertos en el foro anual de la Corporación Andina de Fomento (CAF). Ante la crisis económica mundial “somos parte de la solución, no del problema”, explicó Insulza al intervenir en el foro. La tarea principal para la región, tras las fallidas esperanzas económicas de la década de 1990 es “preguntarnos qué tenemos que hacer para que sea la década de América Latina”, dijo. “Espero que la cumbre del año que viene responda en parte a estas inquietudes”, añadió, en referencia a la reunión presidencial que organiza la OEA. “Hay una gran oportunidad para América Latina, podemos resolver nuestros problemas fundamentales”, añadió por su parte el secretario general iberoamericano, Enrique Iglesias. A pesar de que se resentirá por la incertidumbre económica internacional, América Latina podría registrar un crecimiento sólido en 2011, del orden del 4,4%, estimó recientemente la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Los expertos en la reunión anual CAF en Washington, constataron igualmente la creciente regionalización diplomática, a pesar de las diferencias políticas. Un ejemplo de esa coordinación es que numerosos países latinoamericanos hayan ido reconociendo diplomáticamente al Estado palestino de forma sucesiva en 2011, resaltó el ex canciller colombiano Guillermo Fernández de Soto. La cumbre de Cartagena es para el gobierno de Obama “probablemente la última oportunidad” de construir una agenda común con América Latina, como dijo querer el estadounidense en la cumbre de Puerto España 2009. La creación de UNASUR “es una demostración de que los países latinoamericanos no se han quedado de brazos cruzados” durante los últimos años, en los que Estados Unidos estuvo pendiente de su seguridad, dijo por su lado el ex presidente panameño Martín Torrijos. Esa independencia diplomática “es el producto de una maduración histórica que tenía que llegar y llegó”, se congratuló el ex canciller boliviano Gustavo Fernández Saavedra. (Fuente: Agencia AFP – 08/09/2011)

Red Dawn

Henry Kissinger’s 2001 book Does America Need a Foreign Policy? opens with the observation that “[a]t the dawn of the new millennium, the United States is enjoying a preeminence unrivaled by even the greatest empires of the past. From weaponry to entrepreneurship, from science to technology, from higher education to popular culture, America exercises an unparalleled ascendancy around the globe.” One decade, two military quagmires, and an economic meltdown later, few authors would venture such a presumption — not least Kissinger, whose most recent tome reflects the obsession of those who have come to realize that the post-Cold War world is not so unipolar after all. It’s called On China (…..) In short, China will be a different kind of global power because the nature of global power has changed dramatically over the past two centuries. Geographical domination is no longer necessary; today a considerable part of power does not even involve physical goods, let alone land, but rather is tied up in finance, technologies, and services. Just as the United States demonstrated in its eclipse of Britain that a sovereign empire wasn’t needed to dominate the world economy, China may not need even the military strength that the United States exercised for the last 50 years to remain preeminent. And China’s reliance on global trade and financial links, underpinned neither by force of arms nor sovereign control, means the newly dominant power has considerable self-interest in maintaining multilateralism. That suggests the more China embraces its role as economic heavyweight in an integrated world, the better for the rest of the world — and perhaps in particular the United States — in terms of national security and economic opportunity. Even for Americans who fear the rise of China, then, the best advice is to embrace the inevitable.

Full article: http://www.foreignpolicy.com/articles/2011/09/06/red_dawn?page=0,0

China’s rise isn’t our demise

I first visited China in 1979, a few months after our countries normalized relations. China was just beginning to remake its economy, and I was in the first Senate delegation to witness this evolution. Traveling through the country last month, I could see how much China had changed in 32 years — and yet the debate about its remarkable rise remains familiar. Then, as now, there were concerns about what a growing China meant to America and the world. Some here and in the region see China’s growth as a threat, entertaining visions of a cold-war-style rivalry or great-power confrontation. Some Chinese worry that our aim in the Asia-Pacific is to contain China’s rise. (source: by Joseph R. Biden Jr. – NYTimes – 07/09/2011)

I reject these views. We are clear-eyed about concerns like China’s growing military abilities and intentions; that is why we are engaging with the Chinese military to understand and shape their thinking. It is why the president has directed the United States, with our allies, to keep a strong presence in the region. As I told China’s leaders and people, America is a Pacific power and will remain one. But, I remain convinced that a successful China can make our country more prosperous, not less. As trade and investment bind us together, we have a stake in each other’s success. On issues from global security to global economic growth, we share common challenges and responsibilities — and we have incentives to work together. That is why our administration has worked to put our relationship on a stable footing. I am convinced, from nearly a dozen hours spent with Vice President Xi Jinping, that China’s leadership agrees.

We often focus on Chinese exports to America, but last year American companies exported more than $100 billion worth of goods and services to China, supporting hundreds of thousands of jobs here. In fact, our exports to China have been growing much faster than our exports to the rest of the world. The Chinese leaders I met with know their country must shift from an economy driven by exports, investment and heavy industry to one driven more by consumption and services. This includes continued steps to revalue their currency and to provide fair access to their markets. As Americans save more and Chinese buy more, this transition will accelerate, opening opportunities for us. Even as the United States and China cooperate, we also compete. I strongly believe that the United States can and will flourish from this competition. First, we need to keep China’s rising economic power in perspective. According to the International Monetary Fund, America’s gross domestic product, almost $15 trillion, is still more than twice as large as China’s; our per-capita G.D.P., above $47,000, is 11 times China’s. And while there is a lot of talk about China’s “owning” America’s debt, the truth is that Americans own America’s debt. China holds just 8 percent of outstanding Treasury securities. By comparison, Americans hold nearly 70 percent. Our unshakable commitment to honoring our financial obligations is for the sake of Americans, as well as for those overseas. It is why the United States has never defaulted on its obligations and never will. Maybe more important, the nature of 21st-century competition favors the United States. In the 20th century, we measured a nation’s wealth primarily by its natural resources, its land mass, its population and its army. In the 21st century, the true wealth of a nation is found in the creative minds of its people and their ability to innovate. As I told students in Chengdu, the United States is hard-wired for innovation. Competition is in the very fabric of our society. It has enabled each generation of Americans to give life to world-changing ideas — from the cotton gin to the airplane, the microchip, the Internet.

We owe our strength to our political and economic system and to the way we educate our children — not merely to accept established orthodoxy but to challenge and improve it. We not only tolerate but celebrate free expression and vigorous debate. The rule of law protects private property, lends predictability to investments, and ensures accountability for poor and wealthy alike. Our universities remain the ultimate destination for the world’s students and scholars. And we welcome immigrants with skill, ambition and the desire to better their lives. America’s strengths are, for now, China’s weaknesses. In China, I argued that for it to make the transition to an innovation economy, it will have to open its system, not least to human rights. Fundamental rights are universal, and China’s people aspire to them. Liberty unlocks a people’s full potential, while its absence breeds unrest. Open and free societies are best at promoting long-term growth, stability, prosperity and innovation. We have our own work to do. We need to ensure that any American willing to work can find a good job. We need to keep attracting the world’s top talent. We must continue to invest in the fundamental sources of our strength: education, infrastructure and innovation. But our future is in our own hands. If we take bold steps, there is no reason America won’t emerge stronger than ever. As vice president, I’ve traveled half a million miles around the world. I always come home feeling the same confidence in our future. Some may warn of America’s demise, but I’m not among them. And let me reassure you: based on my time in China, neither are the Chinese.

Las raíces del desastre

A las 08.45, hora de NYC, del 11 de septiembre de 2001, Stephen Mulderry, un joven estadounidense repleto de sueños, estaba en el trabajo, como de costumbre, en su despacho de la planta 88 en la torre sur del World Trade Center; Khalid al Mindhar y Nawaf al Hazmi, acólitos saudíes de Osama bin Laden, estaban en sus asientos a bordo del vuelo 77 de American Airlines, un Boeing 757 que había despegado de Washington 25 minutos antes; John O’Neill, recién nombrado jefe de seguridad del World Trade Center, que hasta dos semanas antes había sido jefe de la brigada del FBI especializada en Al Qaeda, se encontraba en su mesa de la planta 34 de la torre norte, donde se estrelló el primer avión a las 8.46. A las 10.30, todos estarían muertos, junto a otras 2.996 personas. Diez años después, el número de muertes causadas por el acto terrorista más atroz de la historia moderna es incalculablemente mayor. Los cuatro secuestros de aviones y atentados suicidas coordinados que llevaron a cabo Al Mindhar, Al Hazmi y otros 17 combatientes santos aquel desgraciado 11-S desencadenaron dos guerras, en Afganistán e Irak, que han costado, calculando por lo bajo, 250.000 vidas. El número de víctimas totales es imposible de saber, pero si se calcula que por cada uno de los seis mil y pico soldados estadounidenses muertos han resultado heridos siete, la cifra debe de ser muy superior al millón. A ello podemos añadir el trauma mental infligido a innumerables soldados y civiles afectados por las dos guerras, el frenesí global desatado por la percepción generalizada -por simplista que fuera- de un choque de civilizaciones entre el islam y Occidente y, en un plano más frívolo pero de gran alcance, los efectos que tienen sobre los viajeros las medidas de seguridad en los aeropuertos, cada vez más estrictas. En cuanto al coste económico, tras una inversión de Al Qaeda que el Gobierno de Estados Unidos calcula de no más de 500.000 dólares, el desembolso que ha tenido que hacer Estados Unidos debido a los acontecimientos del 11 de septiembre es casi igual al dinero que gastó, en términos reales, durante la II Guerra Mundial. Según un estudio reciente de la Universidad de Brown, la cifra total, imposible de imaginar: cuatro billones de dólares. Todo ello habría podido evitarse. (…..)

Link: http://www.elpais.com/articulo/portada/raices/desastre/elpepusoceps/20110904elpepspor_9/Tes