Hambre y especulación en África

La escasez y el encarecimiento de los alimentos en el norte de África y en Oriente Próximo están agravando el hambre en el África subsahariana, donde han desembarcado los países árabes más ricos comprando tierras, a bajo precio, con el objetivo de cultivar lo necesario para dar de comer a sus propias poblaciones. (Fuente: art. Merce Rivas – El Pais.com – 16/07/2011)

La hambruna devasta el cuerno del continente negro. Etiopía, uno de los países más hambrientos del mundo y donde más de trece millones de personas necesitan ayuda alimentaria internacional, ofrece paradójicamente tres millones de hectáreas de su tierra más fértil a ricos países árabes como Arabia Saudí, los Emiratos Árabes, Kuwait o Bahréin y a sus fondos de inversión. A esta grave situación hay que añadir la avalancha de somalíes, 134.000 hasta el momento, que abandonan su país y se refugian en Etiopía y Kenia huyendo de la guerra, de la sequía y falta de alimento. Se calcula que el 50% de los niños somalíes sufre desnutrición severa.

Esta nueva crisis alimentaria, iniciada en años anteriores, hizo que los dictadores de Libia, Argelia, Túnez o Egipto subvencionasen alimentos para calmar a sus poblaciones, utilizando incluso a algunos ejércitos para repartir pan. Muchos de los países árabes del norte de África luchan por vivir en democracia mientras persiste el encarecimiento de los alimentos y se deteriora su situación económica, con un turismo que les ha abandonado y un tejido empresarial muy dañado. No olvidemos que esta región es una de las principales consumidoras de trigo del mundo. El Gobierno egipcio reparte gratuitamente el equivalente a 2.000 millones de dólares al año en trigo; un 60% de las familias de ese país depende de esa donación, según ha publicado recientemente en el Herald Tribune Lester R. Brown, presidente del Earth Policy Institute. Egipto produce trigo gracias al agua del río Nilo. Tras un acuerdo con sus vecinos Etiopía y Sudán, puede utilizar un 75% del flujo. Pero esta situación está cambiando con la llegada a los países más meridionales de compradores de tierras extranjeros.

Alimentos como el maíz, el trigo, la soja o el azúcar han incrementado espectacularmente sus precios en el norte de África y Oriente Próximo. La situación llega a ser tan desesperada que Naciones Unidas ha denunciado que en Yemen los niños tienen que recurrir a tomar khat, una droga que al ser mascada, genera un estado de euforia leve y anula el apetito. Por esto, los ricos países árabes antes citados, han decidido, además de importar alimentos, invertir en las tierras fértiles africanas desplazando a sus comunidades autóctonas, aprovechándose de que, en la mayoría de los casos, los campesinos subsaharianos no tienen documentos de compra o alquiler y que sus corruptos gobernantes miran hacia otro lado mientras sus cuentas corrientes aumentan día a día. Algunos de los países elegidos son Mozambique, Malí, Sudán, Uganda, Madagascar, Etiopía, Senegal, Tanzania, Camerún y Zimbabue. Estas escandalosas compras ponen en peligro la futura alimentación de los africanos que se quedan sin tierras propias que trabajar y solo pueden aspirar, como mucho, a ser peones de los nuevos propietarios árabes. Naciones Unidas, a través de su organismo para la alimentación, FAO, ha lanzado en diversas ocasiones la voz de alarma diciendo que solo conservando las pequeñas explotaciones agrícolas se puede detener el aumento del hambre y la desnutrición en África. A veces, estas inversiones son llevadas a cabo directamente por los Gobiernos de los países árabes, y otras muchas por empresas, fondos de inversión o de pensiones intermediarias, que además se convierten en grandes especuladores de esos cultivos, pasando a ser los protagonistas de la subida de precios de los alimentos, sin importarles en ningún momento las condiciones de trabajo de los autóctonos.

Uno de los millonarios más importantes del mundo, el saudí Al Amoudi, a través de la compañía Saudi Star, ha dedicado 2.000 millones de dólares a comprar tierras en Etiopía. En cuanto al Banco de Desarrollo Islámico, tiene planes de inversiones multimillonarias para el cultivo de arroz en Malí, Senegal y Uganda. Por su parte, Libia posee cientos de miles de hectáreas también en Malí a través de su fondo de inversiones Libia Africa Investment Portfolio, empresa que controla la familia Gadafi. Otra de sus empresas, Malibya, ha comprado 100.000 hectáreas con la misma finalidad. Pero mientras los extranjeros compran tierras, miles de malienses se han visto en la necesidad de emigrar a otras zonas del país a causa de la sequía que están sufriendo, una de las peores de los últimos 20 años. A estos datos fríos se les puede poner caras como la de esos 54.000 somalíes que el mes pasado decidieron dejar lo que tenían para salir caminando de su país, a través del desierto, en dirección a alguno de los campos de refugiados que Naciones Unidas tiene en los países limítrofes. 

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El choque de dos visiones de gobierno

El cierre definitivo de la lucha por incrementar el límite de la deuda de Estados Unidos recién empieza, pero los intensos diálogos y réplicas de ambos partidos han dejado en claro que no se trata tanto de una negociación sobre dólares y centavos como sí de un conflicto más amplio entre los dos partidos sobre el tamaño y el rol del gobierno. (Fuente: Jackie Calmes-NYTimes/La Nacion, Argentina-16/07/2011)

Lo que torna tan difícil una “gran negociación” bipartidaria no son tanto las cifras del presupuesto, sobre las cuales se podría llegar a un acuerdo mediante mutuas concesiones, sino más bien los principios regentes de cada partido, que no son suficientemente flexibles como para conciliar las diferencias.

Para combatir la deuda pública, Obama (tercera conferencia de prensa en dos semanas) quiere reducir el déficit, por medio incluso de un aumento de impuestos para las empresas y los estadounidenses más ricos. Los republicanos del Congreso, encabezados por un conjunto de legisladores más jóvenes, quieren un gobierno mucho más pequeño e impuestos más bajos. Los dos objetivos no pueden ser más diferentes. Se resuelva como se resuelva este conflicto, es cada vez más probable que éste defina no sólo el desempeño legislativo de este Congreso, dividido entre una Cámara de Representantes controlada por los republicanos y un Senado controlado por los demócratas, sino también las elecciones de 2012 y las perspectivas de Obama de ser reelegido para la presidencia. Ambas partes se reunieron anteayer en la Casa Blanca apenas unas dos horas, mientras la atención parecía desplazarse de la perspectiva de llegar a un acuerdo bipartidario sobre el presupuesto para centrarse en la posibilidad de un plan alternativo destinado a elevar el techo de la deuda antes del plazo acordado, que es el 2 de agosto.

Tras haber debatido los recortes del gasto público en reuniones anteriores celebradas en la Casa Blanca, los negociadores consideraron las propuestas de la administración para subir los impuestos, a las que los republicanos habían prometido oponerse. Antes, Obama había dicho que volverían a reunirse el viernes para decidir si podían alcanzar un acuerdo sobre la reducción de la deuda; si no era así, pasarían el fin de semana negociando una manera de elevar el límite de 14,29 billones de dólares de la deuda; de este modo diferían el conflicto sobre el recorte del presupuesto. Pero, en cambio, al final de la sesión de anteayer, el presidente dijo a los legisladores que trataran de elaborar algún plan y de estar preparados para una reunión de fin de semana. Al drama presupuestario entre la Casa Blanca y los republicanos del Congreso subyace otro perentorio problema entre republicanos, una situación que pone de manifiesto una brecha ideológica y generacional. De un lado están los conservadores de más edad y mayor jerarquía -como los dos líderes establecidos, el presidente de la Cámara, John Boehner, y el senador Mitch McConnell, líder de la minoría-, quienes recuerdan las luchas por el presupuesto y los reveses sufridos por los republicanos en la década de 1990, y que quieren llegar a un acuerdo. Del otro lado están los orgullosos e inflexibles legisladores jóvenes, muchos de ellos simpatizantes del Tea Party, cuyas filas se vieron beneficiadas por las ventajas conseguidas por los republicanos en las elecciones legislativas.

El representante Eric Cantor, de Virginia, líder de la mayoría de la Cámara, surgió como su abanderado: en las sesiones de la Casa Blanca, debate con Obama y más tarde se jacta de eso. Pero ahora, el presidente, quien a principios de este año urgió al Congreso a aprobar el incremento del límite de la deuda sin poner en marcha una medida paralela que establezca recortes presupuestarios a largo plazo, ha acabado por ejercer presión para instrumentar una reducción del déficit mayor que la propuesta por los republicanos. Obama exige un “paquete equilibrado” que incluye tanto recortes de gastos como aumentos impositivos aplicados a los ricos y a las corporaciones, mientras que los republicanos rechazan cualquier incremento de las rentas públicas, ya que su principal prioridad no es reducir los déficits, como lo fue para el partido durante la mayor parte del siglo pasado, sino lograr un gobierno más pequeño.