América Latina posee un quinto de las reservas mundiales de energía

El modelo de consumo de energía de origen fósil, puesto en cuestión por los ambientalistas, no parece estar en peligro en América Latina y el Caribe, dado el gigantesco salto en las reservas probadas de petróleo en los últimos años. Las existencias conocidas de petróleo de la región ya llegan a 20 por ciento de los casi 1,7 billones de barriles que hay bajo tierra en el mundo. El abanderado es Venezuela, que en febrero se convirtió en el país con más cantidad de ese combustible en el subsuelo del planeta al certificar 297.000 millones de barriles, gracias el crudo pesado de la Franja del Orinoco. (Fuente: Agencia IPS – 14/07/2011)

Mientras que el aumento de los descubrimientos confirmados desde 2009 fue de 20 por ciento en el orbe, en América Latina y el Caribe fue de 40 por ciento. Venezuela concentra 85 por ciento de las reservas de crudo de la región, que a su vez es la segunda con más cantidad en el mundo, detrás de Medio Oriente, con 55 por ciento, según las cifras recopiladas por la Organización Latinoamericana de Energía (Olade) para el seminario que finalizó este miércoles tras dos días de sesiones en Quito.

Los datos divulgados en el I Seminario Latinoamericano y del Caribe de Petróleo y Gas, organizado por la Olade en colaboración con el Ministerio de Recursos Naturales No Renovables del Ecuador, indican que la región cuenta al menos con 345.000 millones de barriles de crudo para extraer. “No sé si son el 85 por ciento, pero la verdad es que el incremento de reservas probadas implica que nuestro país seguirá siendo uno de los cuatro o cinco primeros jugadores globales en el mundo de los hidrocarburos por muchas décadas más”, comentó entusiasmado a IPS Nelson Martínez, director ejecutivo de PDVSA América, división de la estatal Petróleos de Venezuela. Brasil logró en los últimos años importantes descubrimientos en el subsuelo del océano Atlántico próximo a sus costas, como el campo Tupi en 2007, con 33.000 millones de barriles posibles, y el campo Júpiter en 2008, con 12.000 millones de barriles, lo cual hizo que hoy cuente con cinco por ciento de las reservas latinoamericanas. El tercero en cantidad es México, que, aunque vio declinar sus reservas probadas en los últimos 15 años, tiene igual cuatro por ciento de la región, gracias a que en 2009 cuantificó más de 137.000 millones de barriles en el subsuelo de la región del Paleocanal de Chicontepec. Ecuador lo sigue con tres por ciento de las reservas probadas de crudo de la región, con un crecimiento de 63 por ciento en 2008 respecto de sus niveles de 2007, explicado en parte por la certificación de las existencias del complejo ITT de 960 millones de barriles.

El petróleo pesado de este conjunto de campos en la zona que ocupa el parque nacional amazónico parece cada vez más cerca de empezar a extraerse, a pesar del proyecto, aún vigente, de dejar ese petróleo bajo tierra a través de la Iniciativa Yasuní-ITT, que requiere un aporte internacional a cambio. El resto de los países de la región tiene, por ahora, el restante tres por ciento de reservas, pero no descansan en la búsqueda de nuevas fuentes. Argentina, por ejemplo, tradicionalmente una potencia en energía, inició el Programa de Desarrollo Exploratorio y Productivo 2010-2014 a cargo de la empresa hispano-argentina Repsol YPF. El plan está orientado a conocer el potencial de reservas en todo el subsuelo del país y aspira a remplazar la totalidad de sus reservas, confirmó a IPS el geólogo Ramón Martínez, asesor de la Secretaría de Energía de Argentina. Según datos de la Olade, ese país tenía en 2009 reservas petroleras que le alcanzarían, sin nuevos descubrimientos, para 11 años, Brasil para 18, Colombia para ocho, Ecuador para 34, México para 11 y Venezuela para 201 años. También Uruguay tiene por primera vez en prospección varias zonas en tierra y en su zona soberana del océano Atlántico, con informes primarios auspiciosos.

México comprometió una inversión de más de 27.000 millones de dólares hasta 2019 para desarrollar su potencial en aguas profundas y en tierra. Esto exige renovar sus equipos de perforación, pues 80 por ciento de sus 126 taladros tienen entre 37 y 52 años, reconoció Gustavo Hernández García, subdirector de planeamiento y evaluación de la firma estatal mexicana Pemex. Por su parte, la empresa Petrobras planea realizar inversiones del orden de 73.000 millones de dólares hasta 2015, conjuntamente con sus socios, en la plataforma marina de la Bahía de Todos los Santos. El proyecto “Magna Reserva” llevado a cabo desde junio de 2005 para la certificación de crudo de la Franja Petrolífera del Orinoco (FPO) permitió que las reservas que históricamente se habían probado en esa zona del interior venezolano crecieran 34 veces. Al igual que otras iniciativas nacionales, la de la FPO, “que está en etapa de visualización y sectorización”, fue expuesto por Martínez en el seminario de Quito. Para desarrollar la FPO se deberán excavar 10.500 pozos, se harán dos refinerías, se construirá una nueva terminal marítima y se adecuará otra. Venezuela ha invitado a todos los países de América Latina y del Caribe, así como a empresas privadas transnacionales, a participar en la explotación de estas nuevas áreas.

Para 2015, “Venezuela estará produciendo 4,5 millones de barriles de petróleo, siempre que ello no perjudique a la estructura de extracción y precios a nivel mundial, y estará refinando 3,6 millones de barriles”. El funcionario del gobierno de Hugo Chávez enfatizó en el cambio de modelo geopolítico adoptado por su país, que lo llevó a invertir por primera vez en exploración, explotación y refinación petrolera en América del Sur. Incluso acaba de adquirir 60 por ciento de una empresa de transporte en el río Paraná, “que es dueña de 300 barcazas”. “Los objetivos geopolíticos son tener nuevos socios, nuevos mercados y fortalecer la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP)”, declaró. Mientras tanto, PDVSA se halla en proceso de desinvertir en refinerías en Europa. “No tenía el menor sentido contar con refinerías en Gelsenkirchen y Karlsruhe, en Alemania, a las que debíamos proveer 250.000 barriles diarios, mediante operaciones de swap (trueque) con Rusia”, dijo el ejecutivo en su conversación con IPS. “Ya que utilizaban petróleo ruso, era mejor venderlas a una empresa de ese país, como acabamos de hacer”.

Además de la explotación de crudo en asociación con Petroecuador y de gas con la estatal boliviana, y exploración en Argentina y Uruguay, la empresa estatal venezolana también está embarcada en dos grandes refinerías en América del Sur. Se trata de Manabí, en Ecuador, que procesará 300.000 barriles diarios, y la brasileña de Pernambuco, de 230.000 barriles diarios. “Constituimos ya con Petroecuador la compañía de economía mixta Refinería del Pacífico Eloy Alfaro y estamos siguiendo el esquema establecido”, dijo Martínez, negando que haya retrasos en el cronograma. Precisó que al finalizar la ingeniería básica, que se prevé para octubre, se podrá elaborar los términos de referencia para acudir a las fuentes de financiamiento en busca de obtener los 12.000 millones de dólares que se requerirán para la construcción. Los esfuerzos de las empresas estatales y privadas analizados en el seminario permitieron concluir al ingeniero Benito Cabrera, subgerente de operaciones de Petroecuador, que América Latina y el Caribe estarán produciendo 12 millones de barriles diarios de petróleo en 2015, cuando en 2009 produjo solo 9,6 millones, de los cuales se exportaron 3,3 millones. También en la producción hay un gran desbalance, pues Venezuela, México y Brasil juntos suman cerca de 80 por ciento. Un segundo grupo está conformado por Colombia, Argentina y Ecuador, con 17 por ciento, mientras que los demás países aportan el restante tres por ciento del total regional.

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La venganza de los serios

Durante los 12 años que trabajé en The Independent, uno de los diarios ingleses que no paga para conseguir información, hubo una lamentable etapa en la que compartíamos dueños con The Mirror, un tabloide que sí paga. Nuestro destino estaba en manos de Kelvin MacKenzie, exdirector de The Sun y en aquel momento ejecutivo del Grupo Mirror. En teoría, MacKenzie estaba ahí para ayudar a que The Independent vendiera más ejemplares y emergiera de sus eternos problemas económicos. La realidad era que nos desdeñaba y le importaba poco lo que nos pasara. (Fuente: art. John Carlin – El Pais.com – 14/07/2011)

Lo decía abiertamente cuando se encontraba con alguno de nosotros en un pasillo o en el ascensor. Eramos unos pijillos. Escribíamos artículos impenetrablemente largos (más de 10 párrafos para un tabloide es Guerra y paz), utilizando palabras y frases de difícil comprensión para las masas, sobre conflictos e injusticias en lugares absurdamente remotos e irrelevantes como Ruanda, los Balcanes o Guatemala. ¿Y quién los leía? Bueno, quizá teníamos 300.000 lectores por aquellas fechas, pero esa era una triste fracción de lo que vendían The Sun y The Mirror. Sí, sí, nos creíamos tan listos, con nuestros títulos universitarios de Oxford y Cambridge y nuestros matizados argumentos, pero lo que el gran público quería era simplísimo -generar polémicas donde no las había- e historias escandalosas de famosos y fotos de mujeres con los pechos al descubierto. No había nada que hacer, opinaba MacKenzie. Representábamos una cultura elitista y -casi, casi- obsoleta.

La actitud de nuestro estimado ejecutivo era compartida por una buena parte de los directivos y periodistas de la prensa tabloide en general. Si había un diario por el que sentían incluso más desdén que por el Independent era The Guardian, cuya vena moralista, siempre haciendo campaña a favor de causas progres, les parecía especialmente ridícula. La broma es que ahora es The Guardian el que los ha pillado, dejando al desnudo con una revelación tras otra que el éxito comercial de los tabloides, especialmente The Sun y The News of the World, cuyo dueño es el famoso Rupert Murdoch, se basaba no en la mejor calidad de sus reporteros sino en el dinero con el que contaban, no solo para pagar a fuentes, sino a detectives privados que se encargaron de interceptar los teléfonos de famosos, de políticos y de miembros de la familia real inglesa. The Independent se ha unido a la fiesta, claro, junto a otros diarios relativamente mucho más serios como el Financial Times, el Observer o el Telegraph, que ahora despotrican contra los tabloides con el mismo vigor e indignación que los tabloides siempre han demostrado a la hora de opinar sobre los pecados sexuales u otros supuestos excesos de personajes públicos.

The Times de Londres no ha tenido más remedio que participar en la venganza de los serios, pese a que el dueño es Murdoch. Bastante a su honra, el director del Times ha permitido que sus columnistas le peguen duro al News of the World. Será interesante ver ahora cuál será la respuesta del Sunday Times, también de Murdoch, también supuestamente serio, pero acusado esta semana de las mismas vilezas que sus primos hermanos tabloides. Rodarán más cabezas antes de que este episodio llegue a su fin. Algunas de las que se tambalean ocupan puestos de autoridad en diarios que no tienen nada que ver con Murdoch, como el Mirror, el Express o el Daily Mail. Se supone que el impacto sobre la prensa inglesa en general será positivo; que se volverá a la legalidad y se recuperará una cierta decencia. Pero sería una pena que, como consecuencia, se diluyera la tradición de agresiva independencia que es el lado bueno de la prensa inglesa, que se achique ante el poder, como ocurre con la prensa de muchos otros países del mundo. Un exjefe mío en el Independent, Peter Wilby, escribió una columna en The Guardian esta semana en la que expresó el deseo de que, cuando todo este lío acabe, la prensa inglesa siga siendo tan mordaz y valiente como siempre lo ha sido. “Si no”, escribió Wilby, conocido por sus opiniones de izquierda, “tendremos algo mucho peor que Murdoch y sus tabloides: diarios tímidos y respetables que reflejan la forma de pensar del poder establecido”. 

Deutsche Bank: boardroom battles

A very public battle over who succeeds Josef Ackermann as chief executive of Deutsche Bank, Germany’s biggest bank, is not over yet. A selection process that would normally take place behind closed doors has been splashed over the German and international press. Even the tabloid Bild has been taking an interest, asking “Will an Indian be the new boss?” (source: The Economist – 13/07/2011)

The trigger for this kerfuffle, over a succession not actually due until May 2013, was that Mr Ackermann has lost his preferred candidate, Axel Weber, a former head of Germany’s central bank, the Bundesbank. On July 1st news broke that Mr Weber had accepted another top job, that of chairman of UBS, a Swiss rival. It seems that Deutsche Bank’s supervisory board, headed by Clemens Börsig, had not warmed to Mr Ackermann’s choice. It is the supervisory board’s job to appoint a chief executive and other members of the managing board. Mr Ackermann can only recommend a successor. But the patience of the bank’s executives, and some of its big investors, has been severely tested by Mr Börsig’s apparent failure to get on with fixing the succession.

With Mr Weber no longer an option, lobbying in and outside the bank has intensified. Insiders complain that various newspapers are taking sides. The daily Die Welt, owned by the powerful Springer group, has been reporting that the three-man nomination committee, which includes Mr Börsig, have already made a decision, against the wishes of Mr Ackermann. The paper has called the affair a “tragic end” to Mr Ackermann’s career. “Nonsense,” say insiders loyal to Mr Ackermann, there is everything to play for. And indeed Reuters quotes Marlehn Thieme, a member of the supervisory board, as saying that no candidates have actually been put forward by the nomination committee. “The power struggle at Deutsche Bank is going to the next round,” says Handelsblatt, a business daily which has been championing Mr Ackermann. The broad outcome is fairly predictable. Anshu Jain, who is now in charge of investment banking, the most profitable part of the bank, will be chief executive, either alone or accompanied by a co-chief. The rationale for a co-chief is that Mr Jain, Indian-born and a brilliant investment banker, needs a German speaker to serve the bank’s other constituents and deal with German politics. Jürgen Fitschen, head of the bank’s business in Germany and of regional management worldwide, is the leading candidate to be Mr Jain’s co-chief. But he will be 63 in September and so is close to retirement. Other younger possibles are Hugo Bänziger, the chief risk officer (who is Swiss, like Mr Ackermann), and Rainer Neske, head of private and business clients. According to Die Welt a majority of the supervisory board have informally agreed on Mr Fitschen, though the board may not do so formally until a scheduled meeting on July 26th.

Mr Ackermann’s preference, according to his supporters within the bank, would be either Mr Bänziger and Mr Jain as co-chiefs, or Mr Jain as sole chief, with Mr Ackermann himself replacing Mr Börsig on the supervisory board. The latter scenario is fraught with difficulty. The German corporate-governance code discourages the move of a chief executive to chair the supervisory board, though it does happen: Klaus-Peter Müller, chairman of Commerzbank, another big German bank, did it in 2008. But the manoeuvre would take time. Mr Börsig’s mandate runs until May 2013, so unless he resigns there would be no room for Mr Ackermann, unless he were prepared to accept an ordinary board seat. Given rumours of how the two men get on, this seems unlikely. Some of Deutsche Bank’s bigger shareholder representatives are getting nervous. “I’m concerned about the continued leaks by various people,” says Hans-Christoph Hirt, a director of Hermes Equity Ownership Services. He feels it unlikely that there is a way to keep Mr Ackermann at the bank much longer now, either as chief executive or as member of the supervisory board. For Deutsche Bank that would be a loss, since Mr Ackermann has not only run the bank well but also played himself into a key position on the world financial stage. But the very public power struggle is also damaging to the bank, says Mr Hirt.

Link: http://www.economist.com/blogs/schumpeter/2011/07/deutsche-bank&fsrc=nwl

Beijing through Rose-Colored Glasses: Why Democracy Cannot Tame China

There is an increasing drumbeat for pushing a democratic project in China to fend off its inevitable aggressive authoritarian ambitions. There is little doubt that China will wish to become a preeminent power in its own hemisphere. But the argument that creating a pluralistic, democratic system in China will sideline a coming clash between Washington and Beijing is overly optimistic. Certainly it is true that China and the United States will be competitors, even rivals, not only because one is an established power and the other a rising power, but also because their political systems embody very different ideologies. American concepts of democracy pose an existential threat to the Communist regime; Successful Chinese growth under an authoritarian system is a threat to American leadership and exceptionalism. (by Harry Harding – The National Interest – 13/07/2011)

Recently, Aaron Friedberg masterfully combined, in a way that is quite unusual, realist and non-realist components in an argument whose crescendo is that “it is likely that a more democratic China would ultimately create a more peaceful, less war-prone environment in Asia.” It would also, of course, simultaneously remove the threat to the American sense of ideological supremacy. Thus “in the long run, the United States can learn to live with a democratic China as the dominant power in East Asia, much as Great Britain came to accept America as the preponderant power in the Western Hemisphere.” But, “until that day, Washington and Beijing are going to remain locked in an increasingly intense struggle for mastery in Asia.”

This is an argument that has been made before. It’s one of the rosy forecasts that Jim Mann has called a “soothing scenario.” And it is fraught with uncertainty. It is, in fact, highly unlikely that China will become a truly democratic political system, and moreover a democratizing Middle Kingdom may well be overwhelmed by the nationalistic sentiments that are part of China’s contemporary political culture, and that the present Communist government has deliberately cultivated. Even if we arbitrarily and optimistically assign a 50 percent probability to each of these outcomes, over the next decade or so, that means that the chances of a Chinese regime that is both democratic and cooperative would be no more than 25 percent. Those are not the best of odds. Nor are these odds of true democratization within our ability to change. Given this, it is far more important to ask the fundamental question of how the United States can manage China’s rise through its own behavior. Which leads us to some of the policy implications that those others who cling to the democratization-as-solution mantra might be better served by drawing.

Rather than hoping for democratization, I would look toward creating greater economic interdependence between China, the United States and the rest of Asia. The Communist party is dependent on economic growth for legitimacy—and that growth presently depends very much on exports, and exports depend very much on foreign investment. The policy of economic rebalancing that Beijing is attempting may change those ratios somewhat, making the Chinese economy increasingly dependent on domestic consumption and less reliant on exports, and exports more contingent on Chinese firms and less on foreign invested ones. But as the economy matures, there will also be increasing interest in outbound Chinese foreign investment, and that will increase Beijing’s interdependence with the rest of the world—albeit in a different form. This creates an environment in which American can promote interdependence based on reciprocity. Actively welcome Chinese investment in the United States, as long as comparable opportunities are available for American (and other foreign) firms in China. Chinese investment in an advanced economy like that of the United States will mean that Chinese goods sold stateside will be increasingly produced by American—not Chinese—workers. Concomitantly, it will give those Chinese firms with investments in the United States a stake in stable relations between Washington and Beijing.

Second, continue to welcome China’s growing presence within existing international institutions—like the IMF, the World Bank and the United Nations—and its efforts to create new organizations to meet unfilled needs—like the SCO, the ASEAN+3 and the East Asian Summit—as long as the United States is also given an appropriate role. There is a huge difference between a rising power that wants more say within the existing international system and a rising power that wants to promote fundamental changes to that system. It will be key to ensure that those institutions—both old and new—are robust enough to simultaneously impose some constraints on Chinese behavior and reassure Beijing that its rise is being accommodated. Above all, the United States needs to maintain a favorable balance of power in the region. China may wish to dominate its region the way that the United States historically dominated the Americas, or in the way that China itself dominated parts (but only parts) of Asia in the Ming and Qing dynasties. But those seventeenth- and nineteenth-century visions will be hard to achieve given twenty-first-century realities. Whatever Beijing’s ambitions may be, securing a dominant role in contemporary Asia will be extremely difficult. It is a very crowded region, in which at least four other major powers (Russia, Japan, India and the U.S) are located or have major interests, and it is home to an increasingly strong regional community (ASEAN) and to several important middle powers (notably Pakistan, Bangladesh, Australia and South Korea). Some scholars say that a dominant China—and a system in which others in the region defer to Beijing and China exercises a limited form of hegemony—is a “natural” outcome in the region. So far, however, few Asian powers seem to actually prefer such an outcome. (They probably didn’t prefer it in the past, either, but they had no choice.) There is a strong trend toward multipolarity in this diverse and vibrant area, and a unipolar Asia would represent an enormous failure of power and will on the part of the other regional actors.

The role of the United States will be particularly important in determining the area’s future: despite the potential and clear preference for multipolarity, Japan is stagnant, Russia is focused more on Europe and its “near-abroad” in Eurasia, ASEAN still struggles to forge consensuses on foreign policy and India’s future rate of economic growth remains uncertain. Washington will be key if the aim is avoid a bandwagoning scenario in which one frightened Asian country after another sides with China. Revitalizing the American economy, refocusing more American military and diplomatic resources on the Asia-Pacific region, and restoring the attractiveness of American economic and political models will be far more effective ways of promoting an open and stable Asia than simply hoping China will democratize. Yes, China is rising, and rising powers have posed challenges in the past. But to me, the most important variable in determining the outcome is not the democratization of China but the revitalization of the United States. 

The Next Big Threat to US-China Ties

The United States and China have long lobbed verbal grenades across the Pacific, each blaming the other for global imbalances due to currency manipulation or fiscal irresponsibility. But a new challenge to Sino-US relations is emerging, one that will brush aside the bones of contention that now occupy policymakers – Chinese investment in the United States. So far, Washington hasn’t unveiled a clear strategy to address this impending source of friction. It needs one. (source: by Ting Xu – The Diplomat – 13/07/2011)

With $3 trillion in foreign currency reserves, China needs to invest its money abroad. Its domestic, export-led economy is no place to absorb all the capital. In addition, inflation is stubbornly high and rising labour costs have begun to push production elsewhere, threatening China’s solid growth rates. Meanwhile, limited investment options have led to an alarming asset bubble.

Beijing must tread a fine line in trying to keep its economy growing at a sustainable pace while developing a model for growth that no longer depends on cheap labor and the abundant use of natural resources. That means restructuring the Chinese growth model by moving its manufacturing sector up the value chain. Greater investment in the world’s advanced, industrialized countries would spur this effort, and that’s exactly what the Chinese government is encouraging companies to do. Highest on the list of investment targets is the United States. Beijing’s 2010 Report on China’s Economic and Social Development Plan and its 12th Five-Year Plan offer a glimpse of this strategy. The first document showed Chinese non-financial foreign direct investment (FDI) reached $59 billion in 2010, up 36.3 percent from just a year before. The second document unveiled a policy focus on boosting innovation in strategic emerging industries and upgrading traditional industries. Both will require investment in Western leading-edge, high tech sectors. A report by the Asia Society predicts Chinese investment abroad will soar to $1 trillion by 2020, with much of it going to the United States. In another sign of this trend, a recent survey by the China Council for the Promotion of International Trade (CCPIT) pointed to the United States as the most attractive overseas investment destination for Chinese companies.

It can come as no surprise, then, that at the recent US-China Security and Economic Dialogue – the highest-level bilateral forum to discuss Sino-American relations – the value of the renminbi was overshadowed by an issue higher on the Chinese agenda: a push for more US market access, particularly in the high tech sector. As China’s Vice Finance Minister Zhu Guangyaoput it: ‘We hope that the US will provide a healthy legal and institutional setting for investment by Chinese companies. In particular, we hope that the US will not discriminate against state-owned companies.’ Easier said than done. The United States, citing national security concerns, has shown a queasiness toward Chinese investment that has doomed past corporate acquisitions. Oil company CNOOC’s efforts to buy Unocal, and telecoms giant Huawei’s attempt to own 3Com and 3Leaf, collapsed in the face of vociferous US opposition to placing valuable resources and technologies in Chinese hands. This led to more verbal grenades: The US Congress raised red flags about other, similar investment deals, and Beijing criticized discriminatory and opaque investment policies. These disputes will only heat up as the US financial sector recovers and expands its credit base, and more Chinese cash from more technologically adept Chinese companies floods into the United States in search of higher corporate profits and access to technology. US natural resources, human resources, and sales will become the targets of increasing competition from Beijing. The US business community may well demand action from Washington to protect its interests. At the same time, local US authorities, who until now have welcomed investment in a desperate struggle for new sources of capital and jobs, may increasingly confront federal objections to the Chinese moves. All this would put real pressure on bilateral relations.

Washington needs to develop a strategic blueprint to avoid a rupture in ties and guide Chinese FDI toward acceptable sectors. Such a policy would clarify any differences between investment from state-owned enterprises with direct government links and that from private companies. It would balance local government needs for investment with federal government regulation and strategic considerations. It would identify opportunities and industries for joint technological development. And it would provide incentives to attract Chinese investment to those sectors in which it is wanted. The right policy would further integrate China into the global economy and provide US jobs without threatening national security—a win-win situation that would also boost Sino-American collaboration. 

Colombia prevé inversión de 100.000 millones de dólares en sector petrolero

Colombia prevé que en los próximos 10 años la inversión bruta en el sector petrolero sume 100.000 millones de dólares, lo que supondrá un avance exponencial de esa industria, según dijo a Efe José Armando Zamora, director general de la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH). (Fuente: Agencia EFE – 13/07/2011)

La empresa estatal Ecopetrol invertirá 50.000 millones de dólares hasta 2017, mientras que una cantidad similar, en términos brutos, vendrá de empresas extranjeras, que al repatriar beneficios harán que el volumen neto de inversión sea menor, explicó Zamora. El jefe de la ANH, augura que gracias a la expansión del sector, se dejará pronto atrás el récord de 927.000 barriles bombeados por día alcanzado en marzo. “El millón de barriles de crudo al día lo logramos en los próximos 12 meses y luego el próximo hito, de 1,5 millones de barriles, que se puede lograr en los próximos 5 años”, dijo Zamora.

El presidente colombiano, Juan Manuel Santos, ha marcado como meta de final de su mandato, en 2014, la extracción de 1,15 millones de barriles de petróleo diarios, un objetivo que Zamora cree que se quedará corto. Una de las condiciones para ello es que a la par se construya la infraestructura para el transporte del crudo, reconoció Zamora. Colombia, el segundo mayor exportador de petróleo de Latinoamérica tras Venezuela, actualmente se ve obligado a llevar parte de su producción por carretera, lo que es “muy, muy incómodo”. Además, existe otra parte que no puede ser sacada por ningún medio, de acuerdo con Andrés Mendizábal, presidente ejecutivo del Oleoducto de Crudos Pesados (OCP) de Ecuador. Precisamente, el OCP está en negociaciones con pequeños productores del sur de Colombia para canalizar su crudo a través de esa vía, algo que podría ocurrir a mediados del 2012, según dijo Mendizábal en unas declaraciones enviadas a Efe por correo electrónico. El petróleo tendría que ser transportado vía terrestre hasta la localidad ecuatoriana de Lago Agrio, donde terminan tanto el OCP, como el oleoducto para crudos livianos de la estatal Petroecuador.

El OCP, propiedad de un consorcio de empresas extranjeras, transporta actualmente 130.000 barriles diarios, pero podría llevar 450.000. “Hay una capacidad importante ociosa en Ecuador que puede ser utilizada por la producción del sur de Colombia”, confirmó Zamora. Una opción a más largo plazo, que está también en negociación, es la construcción por parte de Colombia de un oleoducto de unos 700 kilómetros entre Bogotá y Orito, en la frontera con Ecuador, que costaría unos 2.000 millones de dólares, según Mendizábal. Además del transporte, la expansión a gran escala del sector petrolero colombiano presentará retos medioambientales, pues se abrirán pozos en áreas de la Amazonía, el Caribe y el Pacífico donde hasta ahora no había explotación petrolera, dijo Zamora. “Hay que entrar con sentido de conservación y de prudencia”, afirmó el funcionario. Otro de los desafíos es “mantener las condiciones de seguridad cuando vamos a zonas cada vez más remotas, ahí la industria queda más expuesta a grupos ilegales”.

También está en discusión un mecanismo para transferir una parte de las regalías petroleras desde los gobiernos regionales a las comunidades de donde se saca el crudo. El Ministerio del Interior de Colombia tiene en marcha además un programa de consultas a las comunidades indígenas y afrodescencientes sobre las explotaciones en su territorio. “En principio ellos no tienen el poder de veto, pero sí se tiene que asegurar que todas sus preocupaciones son atendidas”, dijo Zamora. La agencia estatal que él dirige prevé asimismo el despegue de las explotaciones de gas natural, una vez que el Gobierno anunciara la liberalización de las exportaciones, aunque dando prioridad a suplir el consumo interno.”El temor que había, que el gas se acabe muy pronto, no lo tenemos porque hay un potencial muy importante de nuevas fuentes”, explicó Zamora. El avance del sector estaba limitado porque el mercado interno ya se encontraba plenamente abastecido, por lo que la apertura a las exportaciones, que comenzarán en “uno o dos años”, fomentará la inversión en nuevas reservas, dijo Zamora.

OMC: El problema de la globalización es la falta de gobernabilidad

La globalización domina nuestra época, pero se trata de un dominio crecientemente frágil. Aunque la integración global reporta enormes beneficios y una creciente riqueza mediante la difusión de la tecnología, el avance de miles de millones de personas en el mundo en desarrollo también produce nuevos riesgos, inestabilidad financiera, desequilibrios económicos, estrés ambiental, crecientes desigualdades y un importante influjo de la cibernética que al parecer tenemos dificultades en manejar. Esta no es una preocupación reciente. Desde la revolución industrial, el poder del capitalismo de mercado para generar un increíble progreso como inmensos transtornos -Joseph Schumpeter llamó “destrucción creativa”- ha preocupado a los gobiernos. Quizás el mayor cambio es el impacto de la globalización en el panorama geopolítico pues ha posibilitado y recompensado un cambio en la producción, la inversión y la tecnología en las economías emergentes. El resultado, como lo señaló recientemente Martin Wolf, es que la periferia se está convirtiendo en el centro y el centro en la periferia. Estados Unidos sigue siendo un actor clave, pero no es más dominante. Las potencias en rápido ascenso, como China, India, Indonesia y Brasil, juegan un papel que era inimaginable hace 20 años, mientras que países en desarrollo más pequeños tienen algo que decir en un sistema al cual están apostando crecientemente. El problema esencial de hoy es el muy poco eficaz gobierno de la globalización y el hecho de los comportamientos no se han actualizado con respecto al mundo integrado e interconectado que hemos creado. (Fuente: Pascal Lamy – IPS – 13/07/2011)