Estado, mercado, sociedad: la fórmula OIT

Curioso lo que ocurre en la OIT: allí no están solamente los gobiernos, como sucede en los demás organismos de Naciones Unidas, también se sientan en la sala con igual calidad de delegados los representantes de trabajadores y empleadores. Y si llegan Vladimir Putin, Angela Merkel y los líderes de países como Indonesia, Tanzania, Finlandia o Suiza, más los ministros de trabajo de casi todo el mundo, también lo hacen los dirigentes sindicales de Egipto, Argentina, Grecia o Japón, junto a delegados empresariales de Australia, Brasil, Francia, Chile o Sudáfrica. En cierta forma, una vieja fórmula -la OIT se creó en 1919 tras la Primera Guerra Mundial- que ahora toma mucha importancia si nos ponemos a buscar salidas realistas, consensuadas y justas para la crisis actual. (Fuente: DF.cl, Chile – 01/07/2011)

El desafío es evidente, especialmente cuando se mira el panorama en Europa: llegar a combinar con sabiduría los componentes del triángulo Estado, mercado, sociedad. Esto ya puede sonar obvio desde que estalló la crisis financiera en 2008 y las miradas se volvieron hacia las autoridades políticas, pidiéndoles apoyos y respaldos. Pero tras los acontecimientos en los países árabes y la tensión en Europa, se hace evidente que para tener gobernabilidad en las sociedades del siglo XXI, éstas deben crear los equilibrios estratégicos en ese triángulo clave. Hoy, más que nunca, se requiere del Estado fuerte, un mercado con capacidad de crecimiento e innovación y una sociedad con protecciones y oportunidades.

Al escuchar voces de todo el mundo en la 100ª. Conferencia Internacional del Trabajo recién concluida en Ginebra, emerge una preocupación común: encontrar un modelo eficiente para absorber estos desafíos. La demanda en todos lados es: trabajo, trabajo. Pero además con un fenómeno nuevo que se suma a los indicadores clásicos de pobreza y desempleo: la cesantía de los graduados de la educación superior. Los testimonios vienen de países desarrollados y en desarrollo, en el norte y en el sur. Se está dando un grave proceso de “decepción en la elite”, porque tras llegar al final cuando el joven profesional espera encontrar su lugar en el mercado de trabajo, ese lugar no existe. Decepción en los jóvenes, decepción en las familias, y esto multiplicado por millones por encima de todas las geografías. Como dijo el director de la OIT, Juan Somavía, al inaugurar la Conferencia Internacional, es lo que está detrás de las protestas en las plazas de El Cairo o de Madrid. En el escenario internacional emerge una nueva era, para superar aquella levantada hace 30 años que, al final, no trajo eficiencia ni a la economía ni a las personas. La vida de millones ha perdido las certezas.

Es cierto que los países de América Latina están mejor, Chile entre ellos. Pero elevemos la mirada para ver si hay firmeza en ese supuesto, si estamos entendiendo como viene el siglo XXI. Y la forma de hacerlo parece ser aquella de la práctica histórica de la OIT: el diálogo tripartito. Buscar el escenario donde actores sociales (dirigentes sindicales con visión avanzada, mujeres como las trabajadoras domésticas que lograron en Ginebra su convenio propio); empresarios y representantes de los empleadores (abiertos y concientes de que su éxito es con la sociedad y no contra la sociedad); más gobiernos facilitadores de políticas donde los consensos sean posibles. Allá en Ginebra todos dijeron que están tratando de hacerlo, pero no todos lo logran o lo hacen en serio. Sin embargo, la tarea parece ineludible. Hay que avanzar hacia otro modelo, ese triángulo de la nueva gobernabilidad. En palabras del director general de la OIT, se trata de impulsar un modelo de crecimiento diferente en el cual se registren “resultados productivos que combinen la fortaleza de los mercados, la responsabilidad de las empresas, la formación de los trabajadores, el poder del diálogo social y las políticas públicas, de manera que se pueda lograr un crecimiento más eficiente con justicia social”. Chile, ahora o muy luego, tendrá que hacerlo.

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UE y Mercosur vuelven a negociar un pacto comercial sin proponer aún ofertas

Los países de la Unión Europea (UE) y el Mercosur volverán a la mesa de negociaciones la próxima semana con vistas a lograr un acuerdo de asociación que incluya el libre comercio, aunque sin la perspectiva de iniciar aún el intercambio de ofertas para el acceso de sus productos a los respectivos mercados. De lunes a viernes, negociadores y técnicos de ambos bloques se reunirán en Bruselas en la que será ya la secta ronda de trabajo desde que retomaron las tratativas en mayo del año pasado, sin que se haya avanzado todavía en los temas clave para liberalizar el intercambio de bienes y servicios. (Fuente: Agencia EFE – 01/07/2011)

La parte europea confía en continuar la negociación de los aspectos normativos del acuerdo, relativos a las normas y no relacionados directamente con las ofertas de acceso a mercados, como pueden ser los capítulos de barreras no tarifarias, facilitación del mercado o competencia, indicaron a Efe fuentes comunitarias. Por lo que respecta al intercambio de ofertas comerciales, señalaron que cada parte “sigue trabajando de manera interna” en su preparación, y que aún no se ha precisado una fecha para ponerlas sobre la mesa.

Según las fuentes europeas, el objetivo es garantizar que las ofertas que propongan sean “de buena calidad”, sin dejar que el apremio del calendario prevalezca sobre su “sustancia”. Aseguraron que, cuando ambas partes estén preparadas para ello, decidirán de manera conjunta una fecha para iniciar un intercambio simultáneo de ofertas. Uno de los principales obstáculos para que la UE y el Mercosur (Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay) empiecen a proponer ofertas para el ingreso de sus productos en los mercados son las preocupaciones de los productores europeos sobre el posible impacto negativo del tratado en la agricultura comunitaria: En especial, países como Francia o Irlanda han manifestado sus reticencias y, más concretamente, en el sector de la carne de vacuno, que podría sufrir grandes pérdidas al competir con las importaciones de los países del Mercosur -grupo donde hay líderes mundiales en la producción de carne-, en el marco de un tratado de libre comercio. En ese contexto, el comisario europeo de Comercio, Karel De Gucht, se reunió el viernes con el ministro de Agricultura de Uruguay, Tabaré Aguerre -cuyo país preside actualmente el Mercosur-, con la negociación que se inicia la próxima semana en la agenda. De cara a tranquilizar a los productores agrícolas, la Comisión Europea ultima estudios económicos sobre el impacto que ese acuerdo podría tener en la industria agropecuaria europea. Esas evaluaciones de impacto serán concluidas próximamente y enviadas para su análisis a los estados miembros y al Parlamento Europeo, institución que no puede modificar los detalles de la negociación del texto aunque sí respaldarlo o rechazarlo una vez esté cerrado.

Searching for Something Good to Say About India

It is a question that journalists in India are often asked without affection. “Don’t you have anything good to say?” A positive story, a happy story? The rebuke, when it is an e-mail or an online comment in response to an unflattering article about India, is sometimes accompanied by abuses or a general description of the journalist’s mother. And it is particularly passionate when it comes from the expatriate Indian whose expletives are more contemporary. (By Manu Joseph – NYTimes – New Delhi, 29/06/2011)

Nobody loves India like the Indian who does not live here anymore. When they were in India, they just had to emerge from their house, go onto the road, and the whole nation would assemble itself into an unambiguous pyramid of social hierarchy with them somewhere at the top. Respect came with the lottery of birth. But in the First World, it is not so easy. This, and the natural love for home, make the expatriate so patriotic that he or she finds it hard to tolerate the often embarrassing portrayal of the nation, especially in the news media outside the country. Among the nonresident Indians, and also the Indians who live here, there is a common view that what the Western news media want to tell their readers about India is stories that involve cows, poverty, honor killings and other exotic, depressing or weird things. But is it possible to tell a happy Indian story, an honest, complete story, that would fill Indians with pride?

Some Indian newspapers have consciously tried to make Indians feel good about themselves. So there are frequent stories about India as an emerging superpower, and India as a cultural force whose curry and music apparently have mesmerized the world, and about how alpha-male Indian companies are taking over foreign corporations. There are commercial rewards for carrying such good news. About three years ago, the shrewd promoter of an Indian publication, a deep philosopher of sorts, explained this when he walked into an editorial meeting and smiled with sympathy at the journalists. “I know what you want,” he said, “You journalists want to bite. You want to write depressing stories. But you know what the advertiser wants. The advertiser wants to advertise on a happy page. Write about good things, happy things.” He then said that if Indian journalists were really desperate “to be negative,” they were free to criticize foreigners. “Attack Greece or something.”

It is not as if Indians have not had good reasons to puff their chests in recent times. But, sometimes what makes a country proud is actually a poignant indicator of how far behind it lags. For instance, when a country’s tennis doubles players are national celebrities, as they are in India, you know that there is something wrong with its general sport talent. India did win the cricket World Cup, though, this year, probably the happiest Indian story since 1983, when it last won the Cup. Indians would argue that there are happy stories beyond cricket. For instance, the figure “8 percent” has its own triumphant character in India. It is probably the single most important source of joyous Indian stories. It is the approximate rate at which the Indian economy is growing and expected to grow. But is it an achievement? Writing last year in The New Yorker, Steve Coll described a country whose number of poor people had fallen by almost half between 1999 and 2008, from 30 percent of the population to about 17 percent. “This extraordinary change, a result of rapid economic growth and remittances,” he wrote, “is not often discussed on American cable-news outlets.” He then went on to say that in 2005, the nation had attained an economic growth of “8 percent annually, and the economy has continued to expand, if more slowly, even since 2008.” It would be reasonable for Indians to think that Mr. Coll was talking about them, but he was describing Pakistan. That Pakistan shares the same economic pattern as India points to a truth Indians may not want to easily accept: that the economic progress of India, as in most of the third world, is chiefly the consequence of the wealth of affluent countries’ successfully seeking markets that are so poor that they have the space to expand.

So is 8 percent as happy a story as it made out to be? It would be parsimonious not to grant India credit for making crucial policy decisions, which have resulted in a new, prosperous middle class. But the happy story of its economic growth is never complete without the grim stories of major scams, a dangerously widening gap between rich and poor and the displacement of small farmers, who are rising in revolt in several parts of the country. India’s status as a software giant has long been a happy story. But it is an exaggeration. India is a not a software giant. In your computer, there is probably not a single piece of software whose license is held by an Indian company. What India is, in reality, is a giant back office. There was a time when Indian software companies confidently stated that there were so many talented educated Indians available to them that they would be able to swiftly “move up the value chain.” That was the refrain. But over the years, it has become evident that beneath the topsoil, Indian talent does not run deep. Hundreds of thousands of graduates are unemployable as they pass out of substandard institutions. And many of them who have begun to work in call centers cannot be trained beyond a point because their fundamentals are weak. For instance, they have never attended an English-language school. A senior human resources executive with a call center in Gurgaon, on the outskirts of Delhi, said with a chuckle: “The swanky office is to impress the foreign client. Some of our people who work inside, I know they would be happy in a cowshed.” Not surprisingly, thousands of kilometers away in the English city of Norwich, when a literary agent calls directory service for directions to a restaurant, she covers the phone and complains to a friend, with an expletive: “I’m connected to an Indian call center.” There are happy Indian stories. As long as they are not fully told. 

Link: http://www.nytimes.com/2011/06/30/world/asia/30iht-letter30.html?pagewanted=1&_r=1

El populismo posmoderno

Hasta que el viceministro de Economía, Roberto Feletti, planteó la “radicalización” del populismo económico, los ideólogos de estas ideas preferían el debate y la confrontación de argumentos en el terreno político. La racionalización del populismo económico no es casual, sino un signo de época que marca la vigencia y la seducción de este discurso en la cultura posmoderna. Ernesto Laclau se ha transformado en un ícono de la razón de ser del populismo político. La lógica populista es por definición cortoplacista, pero produce un “efecto sedante” en toda sociedad en crisis, que la vuelve cautivante y, según la ocasión, “útil para evitar males mayores”. (Fuente: art. Daniel Gustavo Montamat – La Nación, Argentina – 29/06/2011)

La construcción racional es conocida. A partir de la sumatoria de demandas sociales insatisfechas, el populismo divide a la sociedad y convierte a la mayoría en un todo aglutinante que se apropia del concepto “pueblo”. El líder, que representa al pueblo, y que evita la intermediación propia de los mecanismos institucionales para articular su relación con el grupo, promete soluciones inmediatas a problemas causados por un “enemigo” interno (el “antipueblo”) que representa intereses de un “enemigo” externo (el neoliberalismo, el marxismo, el FMI, los “zurdos”, los “yanquis”, etc.). El enemigo también sirve de excusa a las demoras de resultados, las postergaciones de planes y las promesas incumplidas.

El populismo político espanta a los que comparten valores republicanos fraguados en los principios del constitucionalismo moderno y el Estado de Derecho, pero resulta edulcorado para quienes se conforman con una democracia formal basada en la regla de la mayoría. Las versiones maniqueas de la realidad a menudo suman votos y ganan elecciones. Si enfrentan instituciones débiles y crisis sociales recurrentes, muchas veces degeneran en las denominadas democracias “delegativas” o “prebendarias” que, salvo por los turnos electorales, en nada se parecen a las democracias representativas o participativas. Bajo la lupa de la argumentación moderna, todas las variantes de democracia populista son ni más ni menos que reencarnaciones de los proyectos corporativos fascistas de mediados del siglo pasado; reminiscencias de los nacionalismos románticos del siglo XIX. Si esa explicación fuera suficiente, habría que complementarla con una suerte de fatalismo sociológico: las sociedades, como el hombre, tropiezan varias veces con la misma piedra. Pero el auge populista de principios del siglo XXI tiene más que ver con el presente que con el pasado. El populismo es la nave insignia de la política posmoderna, en la que rige el “imperio de lo efímero”. La obsesión por ocuparse en las demandas del hoy -del aquí y del ahora-, movilizando pasiones y sentimientos exculpatorios, el pragmatismo exacerbado para brindar soluciones rápidas que no reparan en consecuencias futuras y el culto a la sensación que domina el presente constituyen una poderosa apelación a eternizar el instante: el proyecto excluyente de la posmodernidad.

También el populismo económico despliega una lógica argumental racional. La captura de rentas (flujos de ingresos con ganancias consideradas extraordinarias) y la apropiación de stocks acumulados mediante el proceso de ahorro-inversión con el fin de acelerar la redistribución de ingresos no cuentan con apologetas ortodoxos, pero concitan adhesiones en un buen número de economistas heterodoxos. Argumentan que las fallas del mercado, reconocidas por el consenso de la profesión, afectan la distribución de la riqueza y reducen el bienestar de la sociedad. Propician corregir esas fallas con intervenciones activas en las políticas de ingreso para mejorar la condición de los menos aventajados. Las regulaciones y las políticas de ingreso correctivas habilitan al gobierno a interferir en el sistema de precios, que se asume distorsionado, y a apropiarse de las rentas, empezando por las de los recursos naturales. La crítica generalizada al populismo económico también abreva en concepciones modernas. Desde el propio progresismo puede argumentarse que el proceso de desacumulación de stocks y el reparto de rentas presentes no es sostenible en el tiempo y violenta el tercer principio de justicia social formulado por John Rawls: el principio “de ahorro justo”; lo que la generación presente está obligada a dejar para los que vienen: la justicia intergeneracional. Paul Krugman sostiene que el populismo económico se caracteriza por los excesos monetarios y fiscales. Sus programas asumen la quimera del financiamiento externo irrestricto (que termina en default y devaluación), o la quimera de la emisión monetaria irrestricta (que termina en hiperinflación y devaluación). Sucede que las rentas extraordinarias desaparecen, los stocks acumulados se depredan obligando a reinvertir para reponerlos y las políticas redistributivas dependientes de ellos se quedan sin financiamiento.

La reiteración de los ciclos de ilusión y desencanto populista del pasado hace difícil entender el auge de las políticas económicas populistas en el presente. Por eso, también hay que interpretar el fenómeno en clave posmoderna. La economía posmoderna se caracteriza por promover el consumo existencial, para ser (el consumo para “parecer” todavía es moderno), un consumo bulímico que no repara en las condiciones de sustentabilidad. Para el consumidor posmoderno la gratificación del instante presente no es intercambiable con ningún diferimiento de consumo para el futuro (ahorro) a pesar de las restricciones presupuestarias y aunque el crédito esté sobregirado. Ese consumo es consustancial con la depredación de stocks acumulados y el uso de flujos extraordinarios para atender demandas presentes sin tener en cuenta las consecuencias futuras. La redistribución ya no es un objetivo de justicia social, sino un medio (un pretexto) para alentar sensaciones de consumo efímero, desigual y clientelar para muchos, pero anestésico en la angustia del instante. El populismo en clave moderna se anatemizaba como “pan para hoy, hambre para mañana”; en la posmodernidad es “pan para hoy, no existe el mañana”.

El populismo está globalizado y, como sucede entre nosotros, tiene promotores por derecha y por izquierda. Sus manifestaciones políticas y su arraigo social dependen de la fortaleza institucional del medio en que actúa. No es un fenómeno propio de las economías en desarrollo: también cunde en la economías desarrolladas. ¿Acaso no fue populista la política de Bush y Greenspan, ambos conservadores, cuando exacerbaron el consumo americano con shocks fiscales y monetarios tras el ataque a las Torres Gemelas? La burbuja inmobiliaria y la crisis financiera derivada de esa política que estalló en 2008 fueron una crisis de consumo posmoderno. ¿No fueron las políticas populistas las que predominaron en muchas economías europeas luego de que la unión monetaria habilitara el crédito fácil y el financiamiento del consumo presente con consecuencias futuras que hoy están a la vista? ¿Dónde quedaron los acuerdos vinculantes para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero? ¿No ofrecía la gran recesión de 2008 la oportunidad de estimular la demanda agregada mundial con un programa de inversiones de largo plazo que permitiera al mundo globalizado empezar a transitar la senda del desarrollo sustentable? Son los valores posmodernos los que se resisten a cambiar los patrones de un crecimiento mundial que depreda recursos materiales y ambientales con graves consecuencias sociales. Son los liderazgos posmodernos los que explican el cinismo con que la clase dirigente evita toda transacción que involucre resignaciones presentes en aras de un futuro posible. El futuro no cuenta, pero el presente nos augura rumbo de colisión. Nuestra civilización vive tiempos de confluencia interoceánica entre los valores de la cultura moderna y la posmoderna. Para evitar el naufragio, se hace imprescindible incorporar a la cartografía que hasta ahora ha servido de guía -léase el modelo teórico moderno-, los nuevos datos que proporciona la ascendiente cultura posmoderna. Sólo a partir de un diagnóstico relevante el mundo y la Argentina estarán en condiciones de encontrar los liderazgos y los programas de largo plazo para revertir las consecuencias inevitables del colapso al que nos encamina la posmodernidad populista.

El regreso del liberalismo

La aprobación del matrimonio entre personas de un mismo género en el estado de Nueva York no es un hecho de limitada importancia, ni es algo que solamente afecta a un grupo limitado de personas. Es un evento que puede estar marcando el resurgimiento del liberalismo político en los Estados Unidos y el regreso del péndulo hacia políticas más progresistas. Esa corriente fue dominante en el país desde la presidencia de Franklin Delano Roosevelt hasta la segunda presidencia de Ronald Reagan. Después de Eisenhower surgió con fuerza y mucho sex appeal durante los años de Camelot en la presidencia de Kennedy. Lyndon Johnson hizo aprobar en el Congreso el programa conocido como ‘la gran sociedad’, la legislación más progresista de su historia. (Fuente: art. Rudolf Hommes – El Tiempo, Colombia – 30/06/2011)

Pero la guerra de Vietnam oscureció esos logros y dio lugar a una división profunda del Partido Demócrata, que facilitó el triunfo de Nixon y marcó el comienzo del declive del liberalismo en la política norteamericana. A causa de la lucha a favor de los derechos civiles de la población afrodescendiente, el Partido Demócrata también perdió la alianza que tenía desde la guerra civil con los políticos blancos del sur de los Estados Unidos. Durante la presidencia de Reagan, los republicanos reemplazaron a los demócratas en la alianza con los políticos blancos del sur y convencieron a las clases populares blancas del país de que ellos representaban mejor que los demócratas el sentimiento popular y de que políticas como la reducción de impuestos para los ricos y la oposición a programas de bienestar general como el de salud universal iban en pro de los intereses del ciudadano común. Los candidatos liberales que propusieron los demócratas a la presidencia de los Estados Unidos fueron derrotados. Clinton pudo surgir porque convenció al electorado de que se parecía a los republicanos, y Obama, con su estilo peculiar y su capacidad de jugar en ambos lados de la línea divisoria, pudo llegar a la presidencia sin haber sufrido este estigma, pero su reforma de la salud les ha dado munición a los republicanos para mantenerlo a raya por ser liberal.

Por eso llama la atención que Andrew Cuomo, gobernador de Nueva York, haya decidido jugársela a fondo por la ley que permite el matrimonio entre personas del mismo género, que tenía baja probabilidad de pasar en el congreso estatal y que todavía, aun después de aprobada en Nueva York, les produce temor al presidente Obama y a sus asesores políticos. Al parecer, Cuomo busca establecerse como un líder liberal, lo que es novedoso para un político demócrata en el siglo XXI, ya que los liberales más destacados de los dos partidos han buscado hasta ahora formas de camuflarse. Cuomo no solamente escogió una política de alto riesgo (y alto rendimiento, como se está comprobando) para hacer lo contrario, sino que logró que el senado de su estado, de mayoría republicana, votara por esa política y que varios líderes estén principiando a hablar, como ya lo ha hecho Hillary Clinton, de que esa votación es histórica y de que ella siempre había pensado que se progresaría en ese sentido porque es lo correcto. Un senador republicano de Nueva York declaró que se había convencido de que “no era justo seguir pensando que un grupo de sus electores (los homosexuales) es diferente de los demás”. No se sabe si Cuomo ya había percibido que el péndulo político está regresando, pero el triunfo de su iniciativa ha hecho evidente que este cambio se está gestando. Lo cierto es que, siguiendo la mejor tradición liberal, se puso firmemente del lado de los débiles y que, con ello, cosechó una victoria que lo consolida en su cargo y lo establece indiscutiblemente como un líder político de estatura, el único abiertamente liberal, en el panorama político nacional. 

Argentina, Bolivia y Chile impulsan OPEP del litio

Los tres países controlan el 85% de las reservas mundiales de un material estratégico para las últimas tecnologías. La revista Forbes ya habla de una “Arabia Saudita” del “oro blanco”. La idea, expresada por Rodolfo Tecchi, director de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica del ministerio argentino de Ciencia, es evitar caídas del precio debido a la sobreproducción creando mecanismos de oferta del carbonato de litio, análogos a los que aplican los países productores de petróleo. (Fuente: Infobae.com – 30/06/2011)

“En un futuro cercano y con nuestra producción a su más alto nivel, Bolivia, Chile y la Argentina controlarán el mercado del litio”, dijo Tecchi. Facundo Huidobro, presidente de la Cámara de la Industria Minera de Salta, una de las tres provincias del norte argentino ricas en litio -las otras son Jujuy y Catamarca- considera, en cambio, que la idea es algo prematura, ya que primero se debe garantizar la concreción de inversiones. Las reservas de litio en la región se distribuyen del siguiente modo: la Argentina dispone del 10%, Bolivia el 50% (en Uyuni) y Chile el 25% (en Atacama). Pero éste último país está a la vanguardia de su comercialización (44%), seguido de Australia (25%), China (13%) y la Argentina (11%). Sergio Echebarrena, presidente de la Cámara Argentina de Proveedores de la Industria Petro-energética (CAPIPE), opina que explotar estas reservas permitiría incrementar los ingresos del país, pero que lo esencial no es integrar un cártel de productores de litio, sino estar en el club de países que tienen la tecnología que permite utilizar ese recurso con fines industriales. Ésa sería la intención del gobierno argentino, según las declaraciones de la presidente Cristina Kirchner quien, en la presentación de un plan de inversiones de la General Motors en la Argentina, insistió en la necesidad de producir baterías recargables de litio en el país.

También Tecchi consideró que esta es la ocasión para que la Argentina participe de la próxima revolución industrial y deje de estar limitada al rol de exportadora de materias primas. La tonelada de litio valía 2.500 dólares en 2004, mientras que ahora se cotiza en 6.000. Pero una batería recargable para automóviles de litio/ion cuesta 20.000 dólares. Actualmente es usado en las pilas de los teléfonos celulares y de las computadoras, pero su futuro más productivo está en la industria automotriz. El año pasado, Bolivia anunció un plan de inversión por un monto de 900 millones de dólares para explotar el litio en tres fases, de aquí al 2014. La idea es producir primero carbonato de litio, luego litio metálico y finalmente baterías. En la Argentina, la empresa Sales Jujuy, perteneciente a la australiana Orocobre y asociada a Toyota, ha obtenido el permiso para un proyecto de extracción de litio y potasio. También Minera Exar, del grupo canadiense Lithium Americas, está explorando terrenos en Jujuy y Salta, mientras que la australiana Ady Resources empezó la extracción de litio en Salta, donde también tienen proyectos una decena de empresas más, entre ellas, las francesas Bolloré y Eramet.