Premio a la desvergüenza

Henry Rangel Silva, un militarote de aquellos que pertenecen a esa casta indeseable que ha sido la desgracia de los países latinoamericanos desde que emergieron como Estados a partir de las guerras de Independencia, ha vuelto a salpicar lodo sobre el prestigio de los militares nobles y decentes que, por fortuna, sí son muchos.(art. Dr. Enrique Valle Andrade – Diario Hoy.com.ec – Ecuador – 17/11/2010)

Con una impertinencia propia de los audaces sin formación democrática, ha lanzado al viento una andanada de torpes y atrevidas afirmaciones, producto del profundo resentimiento de la clase gobernante venezolana por la derrota que le infligió la oposición en la últimas elecciones, y preocupada ante el peligro de que, en la próxima contienda electoral, los opositores organizados impidan un nuevo triunfo de Chávez. Ha dicho Rangel, con solemne desparpajo, que el Ejército no aceptará una victoria de la oposición en las elecciones presidenciales de 2012. Dijo también que las fuerzas Armadas están “casadas” con el proyecto político de Chávez.

¿Desde cuándo un comandante de Ejército puede hablar en nombre de las Fuerzas Armadas para advertir que los resultados producto de la voluntad popular deben pasar primero por un tamiz que no es otro que la aceptación y la calificación de unos cuantos tutores con charreteras? ¿A quién se le puede ocurrir que la voluntad del soberano tiene por encima el juicio y la opinión de los uniformados? Solo a alguien que desconoce preceptos democráticos esenciales se le puede pasar por la cabeza negar la validez y la trascendencia de estos básicos conceptos que rigen el ejercicio de derecho de elegir a sus gobernantes, que solo corresponde al pueblo.

Las Fuerzas Armadas no son ni jueces de procesos electorales ni garantes de la democracia; están al servicio de ella, y compromete el honor de sus integrantes a salvaguardarla y respetarla en todas sus manifestaciones, fundamentalmente, acatar y defender los resultados del ejercicio del sufragio; jamás les corresponde opinar sobre ellos, o, peor aún, descalificarlos. La barbaridad de Rangel ha mellado el prestigio de los hombres de armas de Venezuela. Sin embargo, siempre que un troglodita vocifera atrocidades, nunca falta otro que aplaude sus desafueros. A Rangel, no podía faltarle un socio y, en este caso, este no podía ser otro que el beneficiario de su deslenguamiento: el comandante Chávez. No solamente que el mandamás de Venezuela ha tributado un fervoroso aplauso a Rangel, sino que lo ha ascendido a general a cargo de la Defensa, por sus “méritos y virtudes”.

Proviniendo de alguien que surgió en la política a través de un golpe de Estado y que, una vez asumido el poder, ha empleado todas las artimañas posibles para mantenerse en él y destruir a sus opositores, no nos debe extrañar que encuentre méritos en las torpes frases de Rangel y que a su desvergonzado desplante lo premie con un ascenso. Haciendo excepción de casos ilustres, en nuestra América Latina, las medallas y condecoraciones casi siempre han lucido en pechos que nunca las merecieron.

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