Dilma Rousseff esconde una devaluación bajo la manga

La futura presidente del gigante sudamericano se quejó de las medidas tomadas por la Reserva Federal de EEUU y comentó que actuará en consecuencia para frenar la apreciación del real. A pesar de no dar detalles, Dilma Rousseff admitió que podría tomar “medidas que no se confiesan ni a uno mismo” para evitar la apreciación del real, según declaraciones difundidas por diario O Estado de Sao Paulo. Las declaraciones realizadas reavivan las tensiones en torno a la guerra cambiaria luego de que el documento consensuado por el G-20 dejara pocas perspectivas de solución.

“Creo que la política de dólar débil es una tumba para el resto del mundo. Es un tema que siempre ha generado problemas. Deberemos tener cuidado y tomar todas las medidas posibles”, sostuvo la presidente electa de Brasil en contraposición a la inyección de 600 mil millones de dólares anunciada por la Reserva Federal. La expectativa ronda entorno al tipo de política monetaria que encarará la nueva gestión brasileña. El mandatario saliente, Lula da Silva, impuso recientemente restricciones impositivas a la entrada de capitales. De esta manera intentó frenar el ingreso de fondos especulativos y contener el ascenso del real.

Sin embargo, la tendencia al alza de la moneda brasileña aparenta no haberse modificado. Recientemente, un estudio de Goldman Sachs calificó al real como la moneda más sobrevaluada del mundo. La mandataria electa sostuvo que no es bueno para la producción nacional conservar este tipo de cambio, ya que disminuye la competitividad de los productos elevando su precio. Los industriales brasileños esperan con ansiedad la definición al respecto, en lo que representaría un viraje en la política del oficialismo hacia una intervención directa. En las últimas elecciones presidenciales, el candidato opositor fue el único que sostuvo la necesidad de una devaluación de la moneda, mientras Rousseff se mantuvo alineada con la austera actuación del gobierno de Lula.

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El siglo sin dueño

Asia ha concentrado esta semana todas las miradas confirmando su papel central en el nuevo casting mundial. Con los vaqueros de la caballería republicana entrando en el fuerte demócrata de Washington, Obama, vapuleado políticamente, ha optado por la huida exterior, donde aún mantiene reservas de reconocimiento. Pero su gira oriental, diez largos días, que le ha llevado desde India hasta Japón, pasando por Indonesia y Corea del Sur, supone la admisión más clara hasta ahora de que el siglo XXI ya no es americano. (Francisco G. Basterra – Articulo publicado en El Pais.com – España – 13/11/2010)  

Puede que todavía sea pronto para calificarlo como asiático, pero en este continente se encuentran los actores que lo van a definir. La presidencia de Obama está resultando la línea divisoria tras la que aparece el ascenso de los otros. La suma cero es imposible y la subida de los ya emergidos, como China o India, y de los emergentes, se produce a costa de Estados Unidos.

Presidente de EE UU busca socio estratégico para continuar dirigiendo el mundo en sociedad limitada. Aporta experiencia anterior, tecnología punta, fuerza militar de primer orden, con recursos menguantes que hacen discutible su mantenimiento, situación geográfica estratégica, buena demografía, creatividad, enorme déficit con economía flexible de primer nivel aunque renqueante. Necesito urgentemente crear empleos y exportar más para mantener el sueño americano. Soy tolerante y creo en el diálogo con el mundo musulmán. Este podría ser el anuncio del viaje de Obama.

Nada más iniciarlo afirmó que la relación de EE UU con India, primera democracia del mundo con 1.200 millones de habitantes, definirá el siglo XXI. El analista indio K. Subrahmanyam respondía sugerentemente al anuncio: “Estados Unidos necesita un socio, Europa está envejeciendo, Japón está envejeciendo y China va a envejecer. Las únicas naciones importantes que no envejecerán, al menos en los próximos 30 años, son EE UU e India”. En la primavera de 2009, en su primer viaje asiático, el primer presidente americano del Pacífico, según su propia definición, dijo textualmente: “La relación de Estados Unidos con China definirá el siglo XXI”. ¿En qué quedamos? Ya admitía la incapacidad de EE UU de soportar un nuevo siglo americano.

Comenzó a hablarse de Chimérica. Obama ha combinado en su gira varias cosas. En primer lugar, la búsqueda de empleos en EE UU. Ha logrado contratos sustanciosos para los aviones Boeing que podrían traducirse en 50.000 puestos de trabajo. Una defensa contra quienes le critican por desembarcar en India, el país al que externaliza la economía norteamericana exportándole puestos de trabajo. La IBM tiene trabajando en India más del doble de personal que en EE UU. País que ya no compite solo con sus manufacturas sino también con trabajos inteligentes, retando a EE UU en innovación.

El viaje también puede verse como una oportunidad de garantizar la influencia norteamericana sobre una Asia, que no es única, y que observa con recelo el ascenso de China y sus reclamaciones territoriales en su extranjero próximo, mientras teme la pérdida de espacio estratégico de Washington en la región. Y, por último, visita las cuatro democracias más importantes del continente y envía un mensaje a Pekín, desde Indonesia: “La prosperidad sin libertad es otra forma de pobreza”. No quiere que se entienda como un intento de aislar a China, y Obama asegura que no busca contenerla.

Desafortunada expresión nacida en el inicio de la guerra fría e inaplicable hoy. ¿Es posible y deseable que China crezca y que, al tiempo, EE UU continúe siendo poderosa e influyente en Asia? ¿Se trata de cambiar el consenso de Pekín: capitalismo de estado sin democracia, por el consenso de Bombay: economía de mercado y libertades individuales? Un cierto estupor estratégico domina la política de Estados Unidos. Pero como en el extraordinario cuento twitter del autor guatemalteco Augusto Monterroso, cuando Obama regrese a Washington y despierte, el dinosaurio chino, más bien dragón, todavía estará allí. Para comprender mejor la concurrencia simultánea, por primera vez en la historia, de tres grandes poderes en Asia: China, India y Japón, resulta útil la lectura del libro del ex director de The Economist, Bill Emmott, Rivals, How the power struggle between China, India and Japan will shape our next decade (Penguin).

La frustrante cumbre del G-20 en Seúl fotografía el traslado del centro de gravedad de la influencia económica y política hacia Asia, y la pérdida de peso y autoridad de EE UU, contestada a la vez por europeos y asiáticos. Fue Washington quien empujó a los emergentes, reconociendo que las viejas naciones industrializadas no podían resolver los problemas por si solas. Ahora, los Bric están en la silla del conductor. Y Europa, cada vez más alemana, absorbida por evitar una nueva crisis de la deuda, no actúa como un todo. Bordea la irrelevancia.

The ghost at the feast

INSIDE the cavernous Coex centre in Seoul, where the leaders of the G20 group of nations gathered for their fifth summit on November 11th-12th, Korean staff played their role of hosts with great enthusiasm. In quiet moments, some queued up outside digital photo booths to have their picture taken with an image of President Barack Obama superimposed on top. The agreement the G20 leaders sealed, after what one of them described as “late nights and tough talks” between their negotiators, was also a bit of a montage. All members worry about an unbalanced recovery, with big trade surpluses in some countries and big deficits elsewhere; but they do not yet agree on its underlying cause or solution. In their declaration they nonetheless strived to appear in the same frame. (published by The Economist – Seoul – 12/11/2010)

The leaders asked their technical advisors, including the IMF, to come up with “indicative guidelines” that would help to identify big and persistent imbalances. America’s Treasury Secretary, Tim Geithner, had once hoped this guideline could be very simple: current-account deficits or surpluses (which are roughly equivalent to trade deficits or surpluses) should not exceed 4% of GDP. But that cap did not fit all heads. Australia tends to run big deficits financed by heavy foreign investment in the country’s mines; Saudi Arabia and Russia sensibly accumulate big surpluses whenever the oil price soars. And although Chinese officials expect its surplus to narrow from over 10% in 2007 to less than 4% over the next 3-4 years, it was not ready to turn that forecast into a binding commitment.

So rather than one number, the guidelines will consist of a “range of indicators”. It is not yet clear what the members have in mind. The IMF already supervises the so-called Mutual Assessment Process (MAP), which crunches lots of numbers to make sure that the G20s’ macro-targets add up. (It is not, for example, possible for everyone to increase their net exports to everyone else.) In addition, the fund already uses three different methods to check whether its members’ exchange rates are misaligned. The more indicators the G20 chooses, the more degrees of freedom its members will enjoy. If the Seoul declaration is to count as progress, therefore, the guidelines will have to constrain members more than the MAP already does, even if they do not constrain them as much as Mr Geithner’s magic number would. The leaders also repeated a line agreed by their finance ministers and central bankers last month, which obliges advanced economies with reserve currencies (such as the dollar, euro and yen) to spare a thought for emerging economies hurt by exchange-rate volatility. But that promise will seem empty to those members, including Brazil, China and South Korea, unnerved by the Federal Reserve’s decision this month to print another $600 billion of the world’s reserve currency in an effort to revive the American economy. The decision will encourage capital to flow elsewhere, weakening the dollar and putting upward pressure on the real, yuan and won.

The Fed’s policy of “quantitative easing” contributed to a qualitative hardening of tone among the summiteers. Germany’s finance minister accused the Americans of hypocrisy—”It’s inconsistent for the Americans to accuse the Chinese of manipulating exchange rates and then to artificially depress the dollar exchange rate by printing money,” he said. Of course, if the Fed’s policy succeeds, it will raise America’s price level, blunting America’s competitiveness, even as the dollar’s decline sharpens it. But one cannot be confident that any of the G20’s leaders—except India’s Manmohan Singh, an economist by training—understands the difference between the nominal exchange rate and the real one.

To help them cope with inflows of money, emerging economies may introduce capital controls. But they won’t necessarily call them that. The Seoul summit endorsed “carefully designed macro-prudential measures” for countries that had already exhausted other options, such as adding to their foreign-exchange reserves, or simply letting their exchange rate rise. The summiteers probably had in mind the kind of measures introduced by their host nation, South Korea, in June. It imposed ceilings on banks’ holdings of foreign-exchange derivatives, because the banks tend to hedge those positions by borrowing too much from abroad. Such measures do not always work for long: South Korea’s ceilings were set as a multiple of the banks’ capital, so the banks just raised their capital. But emerging economies are likely to keep trying. Certainly, whatever the Seoul Declaration says, it is hard to imagine the Fed paying much heed to emerging economies—or any other economy for that matter—when setting monetary policy. President Obama remains a popular and photogenic figure in the conference halls of Seoul. But Mr Bernanke cast the longest shadow over the summit.

El presupuesto de la UE de 2011, bloqueado por el debate sobre los impuestos europeos

Los Gobiernos de los Veintisiete y el Parlamento Europeo rompieron sus negociaciones sobre el presupuesto comunitario de 2011 por la insistencia de los eurodiputados y de la Comisión Europea de crear nuevos impuestos para financiar la UE. Se podrían congelar las cuentas y aprobar presupuestos mensuales.

Reino Unido, Países Bajos, Finlandia, Dinamarca o Suecia se negaron a considerar incluso una reflexión sobre la imposición de gravámenes europeos que vayan directamente a las arcas comunitarias (por ejemplo, sobre el CO2 o algún punto del IVA) y eviten los pagos de los Estados. Estos países se oponen también a que el Parlamento se involucre más en la negociación del siguiente ciclo presupuestario a partir de 2013. La Presidencia de turno de la UE, en manos de Bélgica, y la Comisión Europea aseguran que el debate es ahora más político que numérico, aunque tampoco se acordó cuánto subirán los pagos europeos el año próximo. La Comisión y el Parlamento defienden un incremento alrededor del 6%, y los Gobiernos, la mitad. Los más beligerantes son los británicos con su batalla para no ir más allá del 2,91% propuesto por el Consejo (David Cameron ya ha cedido al abandonar su posición inicial de congelar las cuentas).

Si no hay acuerdo antes de que termine el año, se puede prorrogar el presupuesto actual mes a mes, en la práctica una congelación de las cuentas, o esperar a una propuesta de la Comisión más baja que la inicial. Pero el comisario de Presupuesto, Janusz Lewandowski, avisó que esta circunstancia, inédita desde los años 80, puede traer “dolorosas consecuencias para los beneficiarios” de ayudas de emergencia o de fondos de solidaridad por la crisis. Tampoco está claro cómo se financiarán nuevas políticas, como el servicio diplomático europeo.

“Le estamos haciendo un favor al Consejo”, asegura la encargada de las negociaciones presupuestarias en el Parlamento, la eurodiputada polaca Sidonia Jędrzejewska, que asegura que los Gobiernos se verán forzados a pedir presupuestos rectificativos para compensar. En 2010, se han pedido ocho añadidos al presupuesto (aunque el Parlamento no ha aceptado todos como baza negociadora). “Ésta no es una buena manera de presupuestar. No es honesto”, asegura la europarlamentaria a este diario.