China ya es la segunda potencia científica mundial

China es ya la segunda potencia científica mundial, sólo por detrás de EEUU en la clasificación y por delante de otras superpotencias tradicionales de la ciencia (Europa Occidental y Japón). Brasil e India, están también haciéndose hueco en la I+D internacional, pero hay otros países que empiezan a destacar, al menos por su esfuerzo en este campo, como son Irán, Túnez y Turquía, según un estudio realizado por la Royal Society. El estudio, titulado Conocimiento, redes y países: colaboración científica global en el siglo XXI se basa en análisis de gran cantidad de datos, incluido el número de publicaciones científicas de cada país y en el número de citas de esos trabajos por otros investigadores (un parámetro que se considera válido para medir la calidad de la investigación). España aparece en el noveno lugar de la lista por número de publicaciones y en el décimo por citas. “El mundo científico está cambiando y están apareciendo rápidamente nuevos jugadores”, comenta el físico Chris Llewellyn-Smith, que ha presidido el comité que ha hecho el estudio de la Royal Society. “Más allá de la emergencia de China, apreciamos una escalada de otros países del Sudeste Asiático, Oriente Medio y África del Norte. El incremento de la investigación científica y de las colaboraciones, que pueden ayudarnos a encontrar soluciones a los retos globales que ahora afrontamos, es bienvenido. Sin embargo, ningún país históricamente dominante se puede permitir dormirse en los laureles si quiere mantener la ventaja económica competitiva asociada al liderazgo científico”. (Fuente: Reuters – 29/03/2011)

Los dados del análisis se centran en dos períodos (1993-2003 y 2004-2008) para ver la evolución, explica la Royal Society en un comunicado. EE UU sigue manteniendo el liderazgo mundial, pero entre el primero y el segundo períodos considerados, su porcentaje de autoría de la investigación mundial ha caído del 26% al 21%., mientras que China ha pasado de ocupar el sexto lugar (un 4,4%) al segundo (10,2%). En el tercer puesto se mantiene el Reino Unido con una ligera caída de su porcentaje (del 7,1% al 6,5%). En 1993-2003, Japón ocupaba el segundo lugar mundial, seguido de Reino Unido, Alemania y Francia; España estaba en el puesto décimo con un 2,5% del total de las publicaciones científicas. En 2004-2008, tras EE UU, China y Reino Unido, van Japón y Alemania, y España ocupa ya el puesto número nueve. En la clasificación por citas, es decir, el impacto o calidad de la investigación, Estados Unidos ocupaba y ocupa el primer puesto. La lista no ha cambiado desde el puesto segundo hasta el sexto (Reino Unido, Alemania, Japón, Francia y Canadá), pero si en 1999-2003 Italia estaba en séptima posición, ahora ha pasado a la octava, cediendo el sexto puesto a China. Holanda pasa del octavo al noveno y sale Australia de la clasificación de los 10 primeros (puesto noveno en 1999-2003), mientras que entra España en el décimo lugar en 2004-2008.

El análisis destaca la trayectoria reciente de otros países en I+D. Turquía está creciendo con una tasa casi equiparable a la de China, multiplicando por seis veces su inversión en ciencia y tecnología entre 1995 y 2007 e incrementando en un 43% su número de investigadores. En 2008 los científicos turcos publicaron cuatro veces más artículos que en 1996. Irán es el país en que más ha aumentado el número de publicaciones científicas del mundo, pasando de 736, en 1996, a 13.238 en 2008. El Gobierno iraní trabaja con un plan para la ciencia que incluye impulsar la inversión en I+D hasta llegar al 4% de su PIB en 2030, partiendo de un 0,59% en 2006. Túnez es otro de los países que ha empezado a esforzarse en ciencia, pasando de una inversión del 0,03% de su PIB en 1996 al 1,25% en 2009 y reestructurando su sistema de investigación, con la creación de 139 laboratorios. Singapur ha casi duplicado su gasto en I+D entre 1996 y 2007, pasando del 1,37% de su PIB al 2,61% y triplicando sus publicaciones científicas en ese período (de 2.620 a 8.506). Por último, el informe de la Royal Society destaca Qatar, que quiere alcanzar el 2,8% de su PIB en inversión en I+D. El análisis de los expertos británicos se ha detenido también en la tendencia a la colaboración científica internacional, señalando que actualmente el 35% de los artículos publicados en las revistas son de colaboraciones científicas de varios países, frente al 25% de hace 15 años. El deseo de los investigadores de colaborar con los mejores, independientemente del país en que trabajen, el aumento de temáticas de impacto global, el desarrollo de las tecnologías de la comunicación y el abaratamiento de los viajes, serían los factores determinantes de esta tendencia.

La institucionalidad, el punto débil

Hace 20 años los presidentes de los Estados partes firmaban el Tratado de Asunción, piedra constitutiva del Mercosur, y lo hacían -declararon- “a fin de mejorar las condiciones de vida de sus habitantes” y “reafirmando su voluntad política de dejar establecidas las bases para una unión cada vez más estrecha entre sus pueblos”. Pese a las dificultades atravesadas desde entonces, aquel tratado contribuyó a cumplir en parte dichos objetivos. El tratado ha creado una nueva forma de relacionamiento entre nuestros países y poblaciones, y ninguno de nuestros gobiernos ni los partidos políticos ilusiona un porvenir sin el Mercosur. También los poderes constituidos se han involucrado en la empresa regional. El proceso de integración ha calado hondo en nuestras sociedades, y ha demostrado que el Mercosur no es de izquierda ni de derecha, pues durante los gobiernos de ambos signos se ha avanzado y superado crisis. Internamente, ha implicado el mayor período de integración entre nuestros Estados, y en lo externo los ha dotado de una marca propia, forjados ambos aspectos a partir del descubrimiento de una identidad común de nuestros pueblos. El tratado ha provocado en la región una innegable estabilidad política, económica, social, jurídica, comercial e institucional; ha sido un ancla democrática insustituible. Los bienes circulan más libremente, pero también las personas han visto facilitados sus traslados intrazona. Es cierto que el proceso no está exento de críticas. En ocasiones, escaso respaldo político, incumplimientos de lo acordado, bilateralismos frustrantes, unilateralismos injustificados, sometimiento al interés nacional y pequeños conflictos que mal resueltos se han transformado en importantes problemas; en otras, falta de permeabilidad a las demandas de las sociedades y escasa difusión del bloque entre la población. Existe a su vez un punto débil, es la estructura institucional, caracterizada por un intergubernamentalismo poco responsable y eficaz, en el cual -a diferencia de cualquier otro modelo- el poder de algunos ámbitos estatales es omnicomprensivo. Carece el bloque -salvo por su tribunal- de cualquier espacio decisorio en el cual se defienda el interés regional; en esto repara -en gran medida- el germen de los males del Mercosur. Por otro lado, estos años han demostrado -diferencia con Europa- la carencia absoluta de al menos un “político del Mercosur”; no existe una personalidad en los cuatro Estados que puede llevar dicho título. Bien es cierto que en materia de integración no siempre lo ideal es lo posible; pero al mismo tiempo no es excusable que lo posible sea -generalmente- lo poco relevante. Los logros, fracasos, sacrificios y beneficios que todo proceso implica son directamente proporcionales al tamaño e importancia de los países. Los acuerdos alcanzados en 2010 en torno a la unión aduanera -en especial la aprobación del código respectivo- y a la creación de la Corte de Justicia ayudan a tener esperanzas en el futuro. Pero estas conquistas requerirán, sin dudas, que el apoyo político sea aún más decidido y que se dote al bloque de espacios decisorios independientes de los gobiernos. El éxito del Mercosur depende de ello. Somos defensores absolutos del Mercosur porque su suceso y consolidación implica la de nuestros países. Es necesario “más” Mercosur, pero también “mejor”. Debemos señalar, por último, que hasta el más escéptico del Mercosur no puede rebatir que, si estos años han sido difíciles para nuestros países, más lo hubieran sido sin el Mercosur. (art. Alejandro Perotti – La Nacion, Argentina – 29/03/2011)

El imperialismo rehabilitado

La Historia no pronuncia veredictos finales. Los cambios más importantes en los acontecimientos y en el poder aportan nuevos temas de debate y nuevas interpretaciones. Hace cincuenta años, al acelerarse la descolonización, a nadie se le ocurría decir ni palabra a favor del imperialismo. Tanto los ex imperialistas como sus súbditos liberados lo consideraban inequívocamente malo. Se enseñaba a los escolares los horrores del colonialismo, cómo explotaba a los pueblos conquistados. Apenas se citaban beneficios del imperialismo, si es que se citaba alguno. (art. Robert Skidelsky – Project Syndicate / El tiempo, Colombia – 28/03/2011)

Después, en el decenio de 1980, apareció una historia revisionista. No fue solo que la distancia temporal infundiera cierto encanto a cualquier concepción. Occidente -principalmente su parte angloamericana- había recobrado parte de su orgullo y vigor gracias al presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan y a la Primera ministra de Gran Bretaña Margaret Thatcher, y había cada vez mayores pruebas del fracaso, la violencia y la corrupción de los regímenes poscoloniales, en particular en África. Pero, el acontecimiento decisivo para los revisionistas fue el desplome del imperio soviético, que no solo dejó a los Estados Unidos como mandamás del mundo, sino que, además, pareció, a las personas de mentalidad más filosófica, vindicar la civilización y los valores occidentales frente a todas las demás civilizaciones y sus valores. Al ampliarse las fronteras de la Unión Europea para abarcar muchos antiguos Estados comunistas, Occidente pasó a ser de nuevo, aunque por poco tiempo, la encarnación de la razón universal, obligado -gracias a estar equipado para ello- a propagar sus valores a las zonas del mundo aún sumidas en la ignorancia. El fin de la Historia y el último hombre, de Francis Fukuyama, atestiguó esa sensación de triunfo y deber histórico. Semejante coyuntura preparó el terreno para una nueva ola de imperialismo (si bien persistió la renuencia a usar ese nombre). Al hacerlo, era inevitable que afectara  las interpretaciones del antiguo imperialismo, al que entonces se ensalzaba por difundir el progreso económico, el Estado de derecho y la ciencia y la tecnología en países que, de lo contrario, nunca se habrían beneficiado de ellos.

El principal de entre la nueva generación de historiadores revisionistas fue Niall Ferguson, de la Universidad de Harvard, cuya serie de televisión, basada en su nuevo libro, Civilization: The West and the Rest (“La civilización. Occidente y los demás”), acababa de empezar a emitirse en Gran Bretaña. En su primer episodio, Ferguson aparece entre los espléndidos monumentos de la dinastía Ming de China, que en el siglo XV fue, indudablemente, la más importante civilización del momento, con sus expediciones navales que alcanzaron las costas de África. Después, todo fue cuesta abajo para China (y “los demás”) y cuesta arriba para Occidente. Ferguson resume brillantemente las razones para esa inversión en seis elementos imprescindibles: competencia, ciencia, derechos de propiedad, medicina,  sociedad de consumo y ética del trabajo. Frente a esos instrumentos -productos exclusivos de la civilización occidental-, el resto no tenía posibilidad alguna. Desde semejante perspectiva, el imperialismo, antiguo y nuevo, ha sido una influencia benéfica, porque ha sido el medio para difundir dichos elementos al resto del mundo, con lo que le ha permitido gozar de los frutos del progreso, hasta entonces, limitado a unos pocos países occidentales. Resulta comprensible que esa tesis no haya contado con una aprobación universal. El historiador Alex von Tunzelmann acusó a Ferguson de excluir las vergüenzas del imperialismo: la “guerra negra” en Australia, el genocidio alemán en Namibia, los exterminios belgas en el Congo, la matanza de Amritsar, la hambruna de Bengala, el hambre irlandesa al fallar las cosechas de patatas, y muchas otras. Pero esa es la línea de ataque más débil. Edward Gibbon describió en cierta ocasión la Historia como poco mejor que el registro de los “crímenes, locuras e infortunios de la humanidad”. Desde luego, el imperialismo añadió su aportación, pero la cuestión es si también aportó, mediante la “astucia de la razón” de Hegel, el medio para librarse de ellos. Incluso Marx justificó el gobierno británico de la India con ese argumento. También Ferguson puede formular una argumentación sólida en pro de semejante afirmación.

El punto flaco más grave de la exposición de Ferguson es su falta de compasión por las civilizaciones desechadas como “las demás”, lo que también indica la más grave limitación de la argumentación revisionista. Está claro que el “triunfo de Occidente” que siguió al desplome del comunismo en Europa no fue el “fin de la Historia”. Como ha de saber Ferguson, el tema principal de debate en los asuntos internacionales actuales se refiere al “ascenso” de China y, más en general, de Asia, además del despertar del islam. Naturalmente, los chinos pueden preferir hablar de “restauración”, en lugar de “ascenso”, y apuntar a un “pluralismo armonioso” en el futuro, pero como un “ascenso” es la forma en la que una  mayoría concibe la historia reciente de China, y en la Historia el ascenso de unos suele ir unido a la decadencia de otros. Dicho de otro modo, puede que estemos volviendo al modelo cíclico que los historiadores consideraron axiomático antes de que el ascenso, aparentemente irreversible, de Occidente les inculcara una concepción lineal del progreso hacia una razón y una libertad mayores. Es evidente que Europa está en decadencia, política y culturalmente, aunque la mayoría de los europeos, cegados por su alto nivel de vida y las pretensiones de sus impotentes estadistas, lo disfrazan con gusto de progreso. Los ahorros chinos están financiando gran parte de la misión civilizadora americana que Ferguson aplaude. El modelo parece claro: Occidente está perdiendo dinamismo y los demás lo están consiguiendo.

El resto de este siglo mostrará cómo se hará realidad ese cambio. Por el momento, la mayoría ha perdido la trama histórica. Es posible, por ejemplo, imaginar un “mundo occidental” (que aplique los elementos imprescindibles de Ferguson) en el que el Occidente real haya dejado de ser el factor dominante: los Estados Unidos transmitirán, sencillamente, la antorcha a China, como Gran Bretaña hizo en su momento con los Estados Unidos. Pero a mí me parece extraordinariamente improbable que China, la India y “los demás” se limiten a hacer suyos enteramente los valores occidentales, pues ello equivaldría a renunciar a todos los valores de sus propias civilizaciones. Algunas síntesis y acomodaciones entre Occidente y los demás acompañarán inevitablemente el traspaso de poder y riqueza de aquel a estos. La única cuestión es si ese proceso será pacífico.

Gobernanza global no es lo mismo que Gobierno mundial

Si el bueno de Platón volviera a nuestra época por un momento e insistiera en recurrir a su metáfora de gobernar como el arte de conducir sabiamente a buen puerto un barco rodeado de asechanzas, no le costaría mucho pronosticar un siglo veintiuno de aguas agitadas, un océano de ésos que reclaman el compromiso de toda la tripulación disponible: de los fuertes y de los pequeños, desde los marinos más curtidos a los grumetes más vulnerables. De todos. (art. Jorge Arguello – Infobae.com – 29/03/2011)

Ese océano de problemas, desafíos y posibilidades que es el mundo ha dejado ya de ser un conjunto de siete mares más o menos singulares y aislados para ser un único, un solo y gran mar de la humanidad que todo lo abarca y relaciona. Como lo graficó recientemente el presidente de esta 65ta. Asamblea General de las Naciones Unidas, Joseph Deiss, en nuestro mundo globalizado de hoy, los problemas cruzan fronteras sin pasaportes. ¿Cómo no relacionar la reducción de la pobreza con el cuidado del medio ambiente, las corrientes migratorias, la explosión demográfica o las pandemias, como parte de un todo? Todos esos desafíos exigen tomar decisiones pero también acometer acciones globales. En otras palabras, pasar de aquel antiguo kubernos, del pilotear la nave de una República ideal, a esta gobernanza global.

Una gobernanza global no es lo mismo que un “gobierno global” o un “gobierno mundial” que robe capacidad de decisión a nuestros países, entidades soberanas con autoridades ejecutivas y parlamentarias democráticamente elegidas. El matiz es importante si se acepta que en la gobernanza lo que entra en juego, una vez instalado el gobierno electo, es su capacidad de articular con otras instancias de la sociedad civil, particularmente, con los grupos económicamente más influyentes, dinámicos y poderosos, y en un contexto de interdependencia global sin marcha atrás. Fue ese déficit de gobernanza, específicamente económica, lo que dejó al descubierto con tanta crudeza la grave crisis financiera originada en los países más desarrollados desde 2008, recortada sobre un panorama general distinto del que nos habíamos acostumbrado a considerar durante todo el siglo veinte. Básicamente, mercados globales potenciados por una revolución tecnológica fenomenal que saltearon de manera temeraria controles y regulaciones clásicas, y que pusieron en jaque aquella arquitectura concebida por los acuerdos de Bretton Woods, apoyada en instituciones como el FMI o el Banco Mundial.

En busca de esa gobernanza, la reacción ante la última crisis puso en estructuras ágiles pero finalmente reducidas como el Grupo de los 20 (G-20, que integra también Argentina) una carga de legitimidad a menudo retaceada a la propia ONU, el ejemplo más avanzado de representación y liderazgo que se haya dado hasta ahora la Humanidad, a la salida de trágicas experiencias de guerra en la búsqueda de un desarrollo pacífico. La pregunta ahora, pasado lo peor de la crisis a corto plazo, es cómo hará el mundo en adelante para que la eficiencia y el liderazgo que pide la nueva situación global respeten también, y antes que nada, la representatividad que merecen todos los pueblos, grandes o pequeños tripulantes de esta nave en estos tiempos de tormenta. ¿Sólo organismos compuestos por una elite arbitrariamente conformada garantizan la eficiencia que reclaman tiempos urgentes? ¿Puede, debe, sacrificarse siempre la participación democrática global en la búsqueda de resultados rápidos? ¿Hay terceras vías? El debate está abierto en el máximo cuerpo de la diplomacia mundial. Este año, el presidente de la Asamblea General de la ONU ha convocado a un debate temático especial sobre la gobernanza global, para junio próximo, del que participarán los 192 embajadores para discutir los alcances de este nuevo concepto, que como todos en la política mundial ha llegado a formarse con una historia detrás.

España ante el nuevo mundo

Hablar sobre la globalización desde la perspectiva de España requiere mencionar varios momentos clave que resuenan en la memoria del colectivo español y que resultan esenciales para entender la transformación que ha experimentado España desde que se restaurase la democracia parlamentaria tras la muerte del general Franco en 1975. Uno de estos momentos es la Constitución. Tras haber sido aprobada por las Cortes Generales el 31 de octubre y ratificada por la población el 6 de diciembre de 1978, España sellaba un complejo proceso de tres años de transición y erigía las bases de su sistema democrático actual. (art. Javier Solana – El Pais.com – 29/03/2011)

Estos pasos en firme permitieron a España incorporarse gradualmente a la Comunidad Internacional y salir del aislamiento en el que estuvo inmersa durante los años de dictadura (1939-1975). Así, el 27 de junio de 1977 ratificaba la Declaración de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, el 24 de noviembre de ese mismo año se adheriría al Consejo de Europa y el 30 de mayo de 1982 entraba a formar parte de la OTAN. Sin duda, el culmen de este ciclo histórico fue la inclusión de España en la Comunidad Económica Europea, el 1 de enero de 1986. “La reafirmación de un destino europeo del que nunca debimos apartarnos”, como señalaba el editorial de El País en su primer número de 1986. Un destino que también desearíamos en 2004 para los países de la Europa del Este. Y es que Europa encarnaba para los españoles valores tan elementales como libertad, progreso y modernidad.

A partir de nuestra entrada, la visión europea se convirtió en parte integral de nuestra identidad y nuestra política exterior ya no podía comprenderse aisladamente. Desde los acuerdos comerciales hasta el cambio climático pasando por nuestra posición en materia de proliferación nuclear, los españoles encaramos esta nueva fase de aspiraciones colectivas con una apuesta clara por el multilateralismo, el derecho internacional y las instituciones internacionales. Pero esta evolución no fue sólo unidireccional. España también proyectó su dimensión latinoamericana y mediterránea a escala europea. La doble identidad europea e iberoamericana permitió al país posicionarse como puente entre ambos continentes y ampliar su perfil e influencia en el escenario internacional. Su esencia mediterránea le permitió ser el anfitrión en iniciativas tan cruciales como la Conferencia de Paz de Madrid para Oriente Próximo celebrada en 1991, y la primera Conferencia Euro-mediterránea, celebrada en Barcelona en noviembre de 1995 durante la Presidencia española del Consejo de la UE.

En materia económica, la Unión Europea nos sirvió para transformarnos y dinamizarnos. Abrimos nuestra economía, avanzamos hacia los estándares europeos, mejoramos nuestras infraestructuras, modernizamos nuestras industrias y aplicamos políticas destinadas a mejorar nuestra productividad y competitividad. Sin embargo, la fortaleza del euro tuvo su contrapunto en la reducción de los tipos de interés y en el auge del sector inmobiliario que impulsó un crecimiento insostenible y pospuso reformas estructurales muy necesarias para la economía española. En estos momentos, España se encuentra sumida en ese proceso de reformas profundas (recorte del déficit público, reforma del mercado de trabajo, del sistema de pensiones, de las cajas de ahorros), para reequilibrar su economía, impulsar el crecimiento y volver a ser competitiva. Si continuamos con este proceso de reestructuración de la actividad económica, podemos estar seguros de que España saldrá de la crisis preparada para hacer frente a los retos del siglo XXI. Basta echar la vista atrás, para sentirnos orgullosos de lo logrado en el pasado y seguros de lo que podemos alcanzar en el futuro. La fe en el proyecto colectivo de la UE no puede ser más pertinente ante un escenario cada vez más globalizado, complejo e interdependiente, con problemas que requieren de soluciones globales y en el que el multilateralismo y el diálogo son vías de paso obligado. Su ahínco por dinamizar el Mediterráneo y apostar por reformas no puede tener más sentido en un momento en el que las poblaciones de los países árabes se manifiestan para lograr dignidad, respeto y democracia.

Asimismo, su reivindicación iberoamericana no puede ser más pertinente en un tiempo en el que América Latina despega, con Brasil a la cabeza. Como indica el último informe de la CEPAL sobre la inversión directa extranjera en América Latina y el Caribe, España es el principal inversor de la Unión Europea en la región y el segundo del mundo tras Estados Unidos. En América Latina, las principales empresas españolas han sido eficaces y rentables en estos años de profunda crisis económica. Podría afirmarse que una de las consecuencias de la globalización es la redefinición -práctica y teórica- de los intereses nacionales. La otra se refiere a la intensidad y extensión de la cooperación internacional. En ambos campos, España ha sabido hacer sus deberes y sigue esforzándose por mantener el ritmo en un escenario internacional caracterizado por cambios rápidos y una muy alta competitividad.

The Key Is Not in Libya

Contrary to headlines and official pronouncements, the most important event in the Middle East last week was neither the U.N. Security Council resolution authorizing the use of force against Libya nor the commencement of the air strikes. Despite being relegated to the background, the plebiscite in Egypt establishing the basis for genuine democratic order; the stalled attempt to usher in a constitutional rule in Bahrain; and the ongoing turmoil in Yemen remain the more critical regional developments. (by Ray TaKeyh – Council on Foreign Relations / NYTimes.com – 29/03/2011)

It is the events in the heart of the Arab world and not the disposition of Muammar el-Qaddafi’s distant penal colony that will determine the future of the Middle East for generations to come. The challenge for Washington is how to sustain the momentum of the Arab Spring while dealing with the Libyan imbroglio. All this is not to ignore or discount an obvious reality: The international community has made a prolonged commitment to Libya. President Obama has called on Qaddafi to leave while the Security Council has declared its mission to be the protection of all Libyan civilians. The first temptation of any administration seeking to limit its participation in an unpredictable and protracted conflict is to enlarge its coalition. As such, Washington and its European allies took great comfort in the endorsement of the Arab League — an organization uniquely devoid of moral authority or military capability.

A league of autocrats and despots is part of the problem and not the solution to the region’s difficulties. Though the Arab League provides a political umbrella that Western leaders seem to think they need, it is important not to scale back the calls for reform. The cause of anti-Libya alliance should not diminish the more significant challenge of pressing the Arab states toward adjustment of their national compacts.

The key to sustaining the momentum of the Arab Spring is still in Egypt and Saudi Arabia. Egypt is the epicenter of the Arab world, and developments in Cairo have historically resonated throughout the region. The task is to continuously press the Egyptian military on its existing path of gradually yielding authority to a civilian government. The fact that the Egyptian army maybe called upon to police Libya’s borders and skies should not dissuade the United States from pressuring it to abide by its declared commitments. Throughout the post-colonial period, Egypt has established the political template that has been widely emulated throughout the region. From pan-Arabism to Islamism, Egypt’s model has always defined Arab politics. The sight of the military peacefully yielding to a democratically elected civilian government will have an enduring impact on the region’s struggling reformers. Should Egypt establish a governing system that is representative and accountable, it can lead the Arab world in a progressive direction.

No less important is Saudi Arabia. Ironically, at a time when the Middle East is becoming polarized along sectarian lines, no state has a greater capacity to heal this breach than Saudi Arabia. Thus far, the House of Saud’s response to the Arab awakening has been to deny reforms at home while casting Bahrain’s struggle for representation as a sectarian plot concocted by Iran’s Shiite theocrats. For too long, Washington has indulged Saudi mischief because of its reliance on the kingdom’s oil and its support for a variety of American objectives such as containment of Iran and the Arab-Israeli peace process. It is time to reinvent U.S.-Saudi relations. Riyadh can be instrumental in advancing the cause of stability in the Gulf should it move away from its zero-sum confrontation with Iran and intolerant obsession with the Shiites. The reality is that the Shiite population of the Gulf is neither enchanted by the Islamic Republic nor sees itself as an agent of Tehran. The struggle in Bahrain, as with the rest of the Middle East, is about economic justice and political representation. Should the United States succeed in nudging the Saudi ruling elite away from its reflexive opposition to change, it can take an important step toward not just diminishing sectarian cleavages but also modernizing the Gulf’s politics. Hovering over all this is the question whether the United States can disaggregate Libya from its larger Middle East policy. In practical terms this implies a power-sharing arrangement between the U.S. and its European allies. Washington is already managing two wars and must focus its remaining efforts on political reform and economic rehabilitation of the Arab states. Given the recent United Nations resolution, the West has a moral commitment to the nascent Libyan opposition. But given America’s taxing obligations and its need to concentrate on the larger Middle East, it is Europe that has to bear the burden of Libya’s emancipation.

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